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jueves, 19 de enero de 2017

Seguimos en Pie.

Vamos por partes. Con esta gente siempre hay que ir por partes, porque cada parte es un mundo.
Comienzos de 2014, Vicky y Rocker se pelean, como se dice en el barrio, a muerte. Resultado, Rocker se va (o lo van) y funda su propia editorial y se dedica de lleno a una creciente carrera musical.
Comienzos de 2015, Vicky sufre una crisis personal, con alcohol y un trastornos de alimentación severo que hizo que debiera ser internada en una clínica de Entre Ríos. Internación que duró poco más de año y medio.
Año 2016.
Rocker dedicado a la música.
Malherido presentando su primer libro.
Sofía muerta.
Sin fanzines nuevos y con Vicky internada.
Todo parecía un final lejos de la perfección. El clan se estaba apagando de a poco.
Pero no está muerto quien pelea, o mejor dicho, no está muerto a quien no matan.
Y allí estaba Victoria (quien ya detesta que le digan Vicky) recuperando su lucidez, y desde el patio del instituto donde se encontraba internada lanzó un primer mensaje, un guiño para la gente de afuera, tanto compañeros, ex compañeros como seguidores, sus queridos Talibanes.
“Volveré y seré folleto”, dijo en aquel entonces, y una ola de rumores comenzó a inundar las redes sociales.
Que volvería con fanzine solista, que volvería con libro, biografía, textos, poemas, dibujos, una obra de teatro, que también se dedicaría a la música.
Mediados de 2016.
Los rumores sobre la pronta alta médica de Vicky ya no pudieron ocultarse, y se comenzó a hablar de la denominada “Operación Retorno”. La vuelta era un hecho, solo faltaban los matices, los cómo, las formas.
Finales de 2016, tras casí dos años de no publicar absolutamente nada, el Vicky’s Books volvió a mostrar una nueva portada del fanzine, titulado “Ya no da para frenar”. Hoy, a casi tres semanas de esa publicación, tenemos en nuestras manos el tomo N° 26, el esperado, demorado y milagroso tomo N° 26.
Comienzos de 2017.
Particularidades.
Es la formación original, incluida Sofía, quien desde su “Cuadernito” continúa siendo una fuente de inagotable material, también participa Ángela Hanz, quien parece haber limado asperezas con Vicky, nos encontramos con un Malherido más herido que nunca y por ende más inspirado que de costumbre, Braian Bauer hace lo suyo, y algo que parecía perdido en el tiempo y espacio, también regresaron los Fantasmitas Blues Band. La formación original también incluye al Punga, participe de los primeros Demos y con apariciones esporádicas en el resto de los tomos.
¿Y Rocker? Se preguntarán ustedes.
Si bien no firma nada dentro del nuevo ejemplar, hay en él una extraña y desconcertante frase sobre las frutillas y las gelatinas, evidentemente, para los Talibanes más ortodoxos y antiguos, eso es obra de Rocker en estado puro.
Tampoco hay información de contacto, ni correo electrónico, ni redes sociales, toda una novedad en la publicación. Esto es un mensaje en sí mismo y toda una declaración.
Ninguno de los miembros hizo declaraciones oficiales hasta el momento. Se espera, y no se descarta, que Victoria, tras casi tres años de no hablar con la prensa, lo haga en conferencia
Vicky’s Books está de vuelta por suerte, algunas guitarras ya daban síntomas de desafinación.
Al cierre de esta nota en su página oficial un eslogan que los hizo grandes volvió a hacerse presente luego de mucho tiempo.
SEGUIMOS EN PIE.

Y algunos se quieren matar.

lunes, 13 de junio de 2016

Crímenes Perfectos - Capítulo III

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
A veces siento mareos, no tengo forma de saber si se deben a alguna falla de mi organismo, si es por el pánico, por una baja de presión, por el insomnio, o porque una tragedia está por venir. Simplemente me mareo. Miro el lugar colmado. Esta vez no hay blancos en la parte trasera, realmente no cabe un alfiler. Los cuerpos chocan entre sí luchando por mantenerse en pie, aunque no hay espacio para caerse, inevitablemente se chocaría con otro cuerpo que impediría la caída. Los hombres ya están en cuero con sus torsos bañados en sudor. Algunas mujeres hacen lo mismo solo que lucen una bikini sentadas sobre los hombros de algún amigo. Hay humo porque tenemos una de esas máquinas que tiran humo, y pienso que tal vez no sea buena idea. Los más fieles y fanáticos están hace horas aferrados a la baranda de seguridad, una primera fila incómoda, solo la muerte haría que soltaran esa baranda. Son los primeros en gritar cuando la moto acelerando que abrirá el show comienza a sonar, y son los primeros en gritar “vamos Lole”, cuando ella hace sonar los tambores que anuncian el corte que dará rienda suelta a la pegadiza melodía de Moves Hot.
Estoy mareado, me cuesta respirar y la imagen de Ángela agonizando se me repite en mi retina una y otra vez. Me siento un mártir. Tengo que hacer algo que no quiero para evitar un mal mayor. Se me vienen a la mente también las imágenes de la represión policial en las afueras. Por inercia, azar y suerte, mis dedos tocan el teclado justo a tiempo. Comienza la melodía principal y como  ocurrió en Córdoba no escucho absolutamente nada. La gente canta y salta, no le importa que Ton no tire octavas en su bajo, que Braian no use efectos en sus guitarras, que Lole meta platillos donde no van. A la gente no le importa que la mujer que amo pueda morir de un momento a otro, ni que la justicia federal nos separe. A la gente no le importa que los hayan cagado a palos afuera, ellos creen que valió la pena.
Con la adrenalina en niveles más bajos comenzamos a tocar la segunda canción, una joyita según la prensa especializada, Vampire’s Blues suena relativamente bien, es una canción larga, con varios cambios, y no nos caracterizamos por ensayar mucho. Confiamos en nuestras limitadas aptitudes artísticas, recuerdo en plena canción mi etapa de estudiante, jamás estudié, de hecho en algunas materias ni siquiera tenía carpeta. Me alcanzaba con prestar atención en clase, o repasar una noche antes de los exámenes para aprobar. Claro que no tuve un promedio de diez, pero me las ingeniaba para aprobar, utilizaba el tiempo de estudio en otras cuestiones mucho más importante para mi existencia, leer a Sábato, estudiar el renacimiento, escuchar blues, dibujar, escribir. Pienso en la primera canción que compuse, un country en La Menor, y pienso que casi veinte años después aun continúo componiendo en La Menor, de progreso simplemente las ganas, pero cuando se hace de las limitaciones una virtud, la honestidad del proyecto es más fuerte, y por ende, también la calidad. Sonrío sabiendo que los grandes clásicos de la música están compuestas en esa misma tonalidad y me consuelo, solo, como un tonto.
Cuando vuelvo en mí es demasiado tarde, le erré de nota y me perdí. Bauer salva la papas con un arreglo de guitarra interesante a la vez que Lole viaja por su batería como si supiera, caemos los tres juntos y la gente explota, hasta damos la sensación de haber ensayado nuevas versiones, distintas a la de los discos.
Hago un chiste machista que festejan hasta las mujeres del público. Me ovacionan. Escucho del fondo del escenario un insulto que viene de Dolores, digo algo así como que “la abuelita” quiere poner orden, todos me celebran las palabras, me aplauden y Lole queda en ridículo.
La banda cada tanto se pierde. La gente no se da cuenta porque en realidad no nos están escuchando. Una vez John Lennon dijo que “no vinieron a escuchar a The Beatles, vinieron a ver a The Beatles”, algo así estaba aconteciendo en ese momento. Al público prácticamente no le importaba lo que sucedía sobre el escenario, el show eran ellos mismos saltando, cantando, tirando bengalas, humo, el público tiene un ego demasiado grande, compite contra otros públicos de otras bandas, y entonces ya no importa si el grupo musical en cuestión es bueno o malo, mientras ellos demuestren que tienen aguante, y que no paran de gritar un segundo. Me pregunto durante el puente de alguna canción, previo al estribillo que hará explotar a los fans, cual es el sentido de componer melodías a tres voces, hacer arreglos de cuerdas, enloquecer frente a un piano, derretir mi cerebro para que todas las canciones queden presentables, sufrir el pánico previo a cada salida de disco creyendo que todas las canciones son feas, discutir y pelear con los demás en los ensayos, las pruebas de sonido, y todo para nada, porque al final de cuentas nada de eso importa, solo importa que la batería marque el bombo en negra y la gente se encarga del resto.
Me pierdo en mis pensamientos, odio literalmente al público que no me aprecia, me pierdo en la canción, le erro de acorde, pifio también la melodía, estoy en cualquier lado, Braian trata de salvar las papas nuevamente con un solo de guitarra, Lole hace un arreglo interminable con su redoblante para darme tiempo a reaccionar, pero estoy demasiado perdido, ni siquiera sé que tema estamos tocando. Siento bronca e impotencia. Los quiero mandar a todos a la mierda y decirles que no entienden nada. Siento presión en el pecho y el ataque de pánico es inminente. Pienso en Ángela y necesito refugiarme en sus brazos, solo ella me calma en esos momentos, siempre me dice “no dramatices”, y los patitos regresan a su lugar, vuelvo a respirar con normalidad. Pero ella no está.
Bauer se acerca a mí y me dice al oído que “esto no da para más”, la canción ya no tiene arreglo, no hay forma de volver a la armonía y melodía, estamos fuera de tiempo, Lole y Ton, inclusive, ya dejaron de tocar hace un par de compases. El micrófono está abierto y todos escuchan la frase que increíblemente pasará a la historia, el público aplaude, celebra, festeja, con el tiempo se harían banderas con esas palabras, se estamparían remeras, una locura demencial.
Dejamos de tocar. Lole me putea desde el fondo. Me doy vuelta y le digo que si Ángela estuviese acá esto no habría pasado. La culpo a ella por la ausencia de mi chica. Me señala con el palillo de la batería y no alcanzo a oír lo que me dice, pero sé que no son piropos ni cariñitos. Solo para provocarla toco en mi teclado los acordes de Represión, el emblemático tema de los Violadores. Lole explota.
-No le festejen todo chicos, pasaron cosas graves afuera, hay gente internada – dice desde su micrófono.
La gente obedece y se calla. Yo estallo. Me doy vuelta y le grito que no se meta, que es mi banda y por ende mi público.  Ella parece no inmutarse, y con un suave “paramos cinco minutos chicos, ya volvemos” se retira del escenario directo a los camarines. Yo corro tras ella con todas las intenciones de matarla, o al menos golpearla con brutalidad. La gente de seguridad me detiene a tiempo. Lole me mira desde el rincón asustada, jamás se imaginó que mi reacción podría ser esa.
Finalmente luego de varios minutos de interminables insultos y empujones me calmo, me tranquilizo. Rompo en llanto y Dolores no tiene otra alternativa que consolarme, yo sé que en el fondo me entiende, y que es solo cuestión de tiempo para que esta bronca que hay entre los dos se apacigüe. Me pregunta si puedo quedarme solo un par de minutos, le digo que sí. Ella se aleja y habla desde su celular con alguien, lo hace en voz baja. Escucho al público impacientarse. Cantan que si no salimos de nuevo se va a armar quilombo, putean a la policía, a Pappo, comienzan los silbidos y aplausos y el aire se enrarece, todo se torna más tenso. Dolores se me acerca y me pasa el celular para que hable.
-Hola amor, ¿qué pasó? – del otro lado Ángela suena más dulce que nunca, y la paz regresa a mí, y si afuera la gente se mata ya deja de ser mi problema.
Ángela me dice que está bien, que ya pasó lo peor, que no le importan las vueltas legales que su familia pueda llegar a hacer, que ella va a estar siempre conmigo, que lo que le pasó fue solo un susto, que me necesita a su lado para poder mejorarse, y varias mentiras más, sé que me está mintiendo, pero me genera ternura que mienta así para hacerme sentir bien. Uno no miente por cualquiera, miente por alguien a quien quiere, las mentiras piadosas encierran en sí un amor incondicional. Vuelvo a pensar por mí mismo, regreso a la realidad. El zumbido desaparece y todo vuelve a ser normal.
-Tenemos que salir – me susurra Dolores apoyando su mano contra mi hombro. Asiento.
Regresamos a escena bajo una lluvia de aplausos. El público coreó mi nombre hasta que los interrumpimos con los acordes de Lucy Goes, una bonita canción con un estribillo pegadizo con destino de hit radial.
De repente todo eso que tanto odiaba ahora lo disfruto. Ese es el poder de Ángela sobre mí, y tengo tiempo de alejarme mentalmente a un tema de Javier Calamaro, donde afirma que “el poder que tenés sobre mí ya me aleja de la oscuridad”, y entonces la gente saltando y cantando ya no me molesta, ya no me importa que no nos estén escuchando, somos la excusa perfecta para que esa gente pase un buen momento, somos mártires que sufren para que otros sean felices, y eso en el fondo me reconforta. Arengo al público diciéndoles que qué les pasa que están tan cansados, y por una cuestión de mero orgullo los cantos se intensifican, y nadie se atreve a permanecer quieto por temor a ser tildado de pecho frío o careta. Cuando las luces los iluminan puedo ver las sonrisas en sus rostros, algunos viajaron desde muy lejos, están sin dormir, sin comer, afuera la policía los cagó a palos, y aun así están felices. Ángela puede hacerme ver el lado positivo de las cosas. Gracias a ella puedo ver y disfrutar la belleza del caos, ella me hace sentir que “sacar belleza de este caos es virtud”.
Al tocar la canción Cowgirl todo se desmadró, esa es una canción que compuse para Ángela, para que pudiera mantener el ritmo al compás del bombo en negra en 128 BPM, sé que le gustó, y se tomó con humor el título del tema, que hace referencia a su postura favorita.
-Hago el amor a 128 BPM – se ríe cuando está de buen humor, y verla reír es hermoso, es, simplemente, “una copa de la mejor cuando se ríe”.
La mayoría de las mujeres presentes se quitaron las remeras y sostenes, dejando sus pechos al aire, cabalgando sobre los hombres de los hombros que las sostenían. ¿El problema? Algunas eran menores de edad, y además había un fiscal actuando de oficio, quien no tardaría en denunciarme por incentivar a la promiscuidad y obscenidades en público. Así de al pedo está la justicia en Argentina.
El show terminó con el himno Warsaw, coreado por todos con los encendedores en alto haciendo flamear las llamas, y Whisky puso punto final a la velada.
El regreso al hotel fue similar al de nuestro show pasado. Bauer se fue con una hermosa rubia, Ton sacaba punta a sus lápices porque había conseguido dos chicas que posarían para él, Dolores y su pasajera pareja se fueron sin despedirse despertando los ratones de todos los presentes.
En el hotel me esperaba una inmensa guardia de periodistas a los que ignoré por completo a sabiendas que no tardarían en carnearme en vivo desde sus respectivos programas. Mi habitación estaba extrañamente ordenada, fría, oscura y solitaria. Envié un par de mensajes a Ángela pero no obtuve respuesta a pesar de ver que los mensajes habían sido recibidos y leídos.
Siempre llevo conmigo cuando viajo un ejemplar de Sobre Héroes y Tumbas o El Túnel que leo aleatoriamente en la página que caiga al abrir el libro, la literatura es una buena medicina para dormir. Claro que con el grado de insomnio avanzado que poseo las páginas se suceden una tras otra y el sueño no llega. Reflexiono sobre las novelas de Sábato, en El Túnel mata a la mujer que ama, y en Sobre Héroes y Tumbas muere la mujer que amamos todos. Pienso en Ángela. ¿Qué estaría haciendo? ¿Qué pensaría? ¿Estaría soñando?
Me doy cuenta que no puedo vivir sin ella, y eso es un problema. Nuevamente Calamaro regresa a mí con su doloroso “ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro”, no hay plan B. Es ella o ninguna, básicamente porque no existe otra persona capaz de soportarme, digamos, yo podría enamorarme de miles de mujeres más, pero ninguna de esas miles concretaría un amor real hacia mí. Pero al hacer esa reflexión interna pienso que nada me garantiza que Ángela sí sienta amor por mí.
Soy mi propio verdugo. Soy el prisionero bajo la guillotina y el hombre en cuero con una capucha negra en la cabeza. Soy el pez, la boca y el anzuelo. Siempre supe, o al menos sospeché, que al final solo seriamos mi mente y yo. Mi poema Silencio Estampado pudo haber funcionado en su momento como algo visionario, “¿Soy yo en tu cuerpo o vos en mi mente?”, para el caso es lo mismo. Me encontraba solo por mis propios actos. Abandonado. Frustrado. Con culpa.
Ángela es una tentación constante, tenerla ebria o drogada solo para mí es un acto de egoísmo sin precedentes. Ella es una mujer libre y eso me altera, me desacomoda la estantería, odio su libertad. Escribo en mi libreta de poemas “cuidado nena, se te enfría en corazón con tanta libertad”, algún día eso será un poema completo.
La única forma de tenerla conmigo es haciéndole daño, y eso casi la lleva a la muerte en un par de ocasiones. Soy el autor intelectual de estos crímenes perfectos, y sin darme cuenta, también soy víctima de ellos.


lunes, 23 de mayo de 2016

Una Película Europea - Capítulo III

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
Cuando siento esas inmensas ganas de dormir me recuesto semi desmayado en la cama, pero cometo el error de encender el televisor, y toda chance de dormir, de dormitar al menos, se desvanece, se esfuma como la esperanza de un enfermo terminal al que no le salen bien los últimos estudios. Me doy cuenta que tengo una obsesión. Lo primero que hago es poner el volumen en un número múltiplo de cinco. Una vez compré un televisor que cuando se subía o bajaba el volumen no medía en números, sino una escalerita de barras. Fui al local y pedí que me lo cambiaran.
-Disculpe – le dije al vendedor – Pero este televisor tiene un defecto.
-Dígame cual y la garantía lo cubre.
-El volumen no se marca con números.
Luego de consultar con el gerente, y dado que solo había tenido el televisor no más de un par de horas, accedieron a cambiármelo por uno que sí midiera el volumen en números. Fue lo que se dice una gauchada.
Mi obsesión continúa con el orden de los canales. Voy directamente al último de los deportes. De ahí bajo y miro los demás canales deportivos. Lo de siempre, fútbol americano, fútbol, básquet, un especial de pesca, y otro de deportes extremos. De ahí paso los canales altos, los de las películas. Visito el canal europeo, I-Sat (a quien le debo grandes inspiraciones e influencias), recuerdo que una vez me dijeron que She Dances With the Rain, una canción que forma parte del primer disco, era “una canción de película de I-Sat”, lo tomé como un piropo. Desde ahí bajo a los canales de noticias para terminar regresando a la mejor opción deportiva. Subo un poco el volumen, bueno, un poco, mínimo a cinco que no es tan suave.
Ángela se asoma a la habitación. Acaba de bañarse y viste con una bata y sus cabellos están envueltos en una toalla. Lava sus dientes, siempre lava sus dientes, tiene un TOC, yo tengo varios, no me molesta que ella tenga algunos, hasta puedo afirmar que una persona sin TOCs no es digna de respeto. A veces me pregunto si contar la cantidad de TOCs propios es un TOC en sí mismo. Ella tiene una expresión de desconcierto.
-¿Estás mirando porno? – me consulta con toda la intención de comenzar una discusión.
-No, no, es un partido de Sharapova, la tenista.
-Ah – dice estirando el cuello para ver la pantalla – Pensé que estabas mirando porno – se da vuelta y regresa al baño.
Amo los puntos largos de Sharapova. ¿Quién no ama los puntos largos de Sharapova? Un peloteo ida y vuelta de varios golpes. Odio cuando gana un punto rápido o deja la pelota en la red, insulto al aire cuando hace un Ace. En mi trilogía poética, esa que finalmente quedó cancelada por bajas ventas, hay un poema dedicado a la deportista, se titula “Una Diosa Rusa”, a mí me gusta.
Ángela regresa ya sin la toalla en la cabeza. Sus cabellos húmedos y sin desenredar se ven más oscuros que cuando están secos. Se levanta la bata como si se tratara de un vestido para poder acomodarse mejor sobre mí, en esa posición que todo lo puede.
-¿Te calienta Sharapova? – me susurra al oído, suave, provocativa y sensual. Ángela no conoce otra forma de susurrar.
-No – le miento.
Me besa. Su boca sabe a menta de dentífrico. La abrazo por la cintura. Está delgada. Durante su internación perdió varios kilos y no pudo recuperarlos. Se siente débil. Se cansa con más facilidad. Eso no la detiene. Para recuperar aire apacigua sus movimientos. Ya no es tan salvaje como antes. Se agita pero se niega a cambiar de posición. Mi teléfono celular suena. La pantalla anuncia que Dolores me está llamando.
-No la atiendas – susurra, siempre sensual, Ángela al borde del clímax intensificando de manera imperceptible sus movimientos.
Sé por experiencia que no responder una llamada de Dolores tiene consecuencias graves, “si te llamo me atendés, ok”, no es de llamar por pavadas, para charlar un rato o para hablar sobre el último capítulo de Death Note, anime que vemos y del que somos fanáticos. Además siempre me dice que “si no me atendés no sé si estás muerto, si te secuestraron o si te metiste en una secta”, viniendo de mí, todas las opciones son válidas.
Atiendo.
-Rocker – dice - ¿Qué estás haciendo?
Ángela exagera (o finge) su orgasmo. Dice Solari, “no es sincera pero te gusta oírla”, amén. Se hace un silencio en la comunicación telefónica. Sé que Dolores debe estar puteando para sus adentros. A mí, a ella, a Dios y a María Santísima.
-Nada – respondo – Miro un partido de Sharapova.
-Ah – también exagera su asombro estirando la letra A – Mirando un partido de Sharapova – repite.
Otro silencio interminable. Ángela se levanta y regresa al baño.
-¿Pasó algo? – me intrigo.
-No nada, te quería avisar que el disco sale el Lunes y que tocamos en San Luis en tres semanas para presentarlo.
Corta la comunicación sin despedirse. Sé, también por experiencia, que se viene un tiempo de discusiones. Lo mismo de siempre. Ángela va a querer viajar con nosotros. Dolores no va a querer que venga. Me van a decir a mí que elija, y allí se produce el grato momento de todo hombre donde se encuentra hazañosamente entre la espada y la pared.
      Me pongo nervioso. Me duele el estómago, no tanto por esa futura,  inevitable y ya clásica pelea, saber que voy a tener que subir a escena nuevamente me altera. Otra vez la lista de temas. Otra vez la presión. Otra vez los periodistas, la policía. Siento presión en el pecho. Nudos en el estómago. Se me enfrían las manos, y si no mantengo la calma sé que terminaré en el hospital conectado a cables haciéndome un chequeo del corazón. Respiro profundo. Camino hasta el mini bar. Cada vez tenemos menos botellas, y las que nos quedan están por la mitad. Le pregunto a Ángela si quiere tomar algo sabiendo cuál será su respuesta.
      Desde su internación Ángela se embriaga con mayor facilidad. Pero ya no es lo mismo. Ya no es divertido. El alcohol es algo que realmente la está lastimando. Bebemos juntos un par de tragos. Intentamos, o intento yo, tener sexo con ella, pero no podemos. Su cuerpo no responde. Yace desmayada. Inerte. Dormida. Zombie. Podría utilizar su cuerpo inerte como muñeca inflable, pero es más divertido con ella despierta.
Mientras la observo dormir recuerdo las palabras de su amiga, “le estás cagando la vida”, me gritó hace unos años cuando me responsabilizaban, con razón, de ser yo el encargado de facilitarle la marihuana. Victoria en ese tiempo me recordó que “es una pendeja boludo, ubicate”, Dolores me dijo que iba a terminar en cana, pero los hombres del clan me arengaban, me alababan, hasta sentían envidia, frases como “qué caramelo te estás comiendo”, solo conseguían incrementar mi deseo de no perderla y no dejarla tranquila.
      Ella está medicada. No debería tomar alcohol. Yo le facilito el alcohol. La regla de tres simples no me hace quedar nada bien. En una de nuestras tantas peleas me gritó que “sos lo peor que me pasó en la vida”, en ese momento sentí algo similar, ¿qué tan bueno era estar junto a ella? Pienso en las ensaladas que repudia Bukowski, y me ilusiono con pensar que quizás sean una buena solución, aunque claro, la historia no será buena. Ángela tose y me invade un sentimiento de culpa demoledor. La levanto con cuidado, no es muy pesada, y la acomodo sobre mi pecho para abrazarla mejor.
      Ella fue la primera en escuchar el disco completo, primero los demos o algunas melodías o arpegios desde mi guitarra, siempre dice que le gusta escucharme tocar la guitarra o el piano. Sobre el disco terminado dice que le gusta, que hay una madurez musical, le gustan las melodías y las texturas. Cuando cocina o hace gelatina para el postre tararea los temas, tiene uno preferido, según ella European Movie le salvó la vida, “me hipnotizó, no podía dejar de escucharla”, me confesó unos días después de su alta.

      Le pregunto si me ama, pero “está dormida, o finge que duerme”, Solari inspirado es infalible.

lunes, 9 de mayo de 2016

Una Película Europea - Capítulo I

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
No recuerdo cuando fue la última vez que dormí bien. Me refiero, no tengo noción de haber vivido diez días de sueño normal en toda mi vida. Levantarme temprano, hacer alguna actividad, alguna recreación social, para luego acostarme después de la cena y dormir tranquilo. ¿Por qué no puedo dormir? ¿Por qué me cuesta tanto? Ya de niño recordaba por las noches los dibujos animados que veía durante el día, los reconstruía mentalmente, inclusive agregándole cosas. Me gustaba tomar en primera persona el papel del personaje y vivir la historia en mi cabeza, reformando el guión. De adolescente pensaba en mis profesoras, compañeras, famosas, etc. Más de adulto me dediqué a escribir mentalmente enormes novelas y poemas que generalmente se perdían por no tomarme el trabajo de levantarme a escribirlos. Ahora lo que me quita el sueño son las melodías. Bueno, y las pesadillas recurrentes, el agua y el Diablo invaden con frecuencia mis placenteros sueños, y es allí donde aparecen las películas independientes o europeas para acompañarme en el desvelo. Algunas son tan bonitas que asustan. Nadie retrata los trastornos de las relaciones humanas como las películas europeas. Nadie relata los pormenores de la soledad como ellos. Son, depende cómo se las mire y como nos encuentre parados en ese momento, películas peligrosas.
El insomnio nos hace hacer cosas raras, como por ejemplo leer a Bukowski desde un celular. Lo cito, “¿Por qué bebo alcohol? Porque ninguna buena historia comienza con un estaba yo comiéndome una ensalada”. Brillante. Al menos para alguien con insomnio esa reflexión es brillante. Más cuando además del insomnio uno está rodeado de botellas de alcohol vacías. Uno busca siempre la excusa que justifique sus acciones. Si Bukowski dice lo que queremos escuchar lo amaremos. A él o a quien corresponda. Somos demagogos por naturaleza.
Ángela sale del baño pálida y con ojeras. Moquea. Se la ve frágil. Me dice que no se siente bien y que tiene miedo. Se sienta en el borde de la cama, abre el cajón de su mesita de luz y saca de allí uno de esos espejos redondos con tapita, es de color rosa, y tiene un stiker con forma de corazón. Luego busca un billete de cien pesos, según ella son los mejores porque son los más nuevos. Lo enrolla formando un tubo. Levanta la tapa de su espejito y allí está el polvo mágico esperándola. Respira profundo a través del billete. Tira la nuca hacia atrás, como si estuviese por ponerse gotas en los ojos. Abre la boca y chasquea la lengua. Me dice que el sabor en su garganta es horrible, que deberían hacerla más dulce y de distintos gustos. Respira profundo otra vez tapándose primero uno de los orificios nasales y luego el otro.
-Vomité sangre boludo – dice – No puedo bajar…
Me pregunto cuánto tiempo más podremos vivir así.
Ella me dice que tiene frío. Se acuesta, se hace una bolita y me pide que la tape con una frazada. Tengo un negativo pensamiento. Se me ocurre imaginar que quizás se duerma y ya no se despierte. Imagino los medios de comunicación. Me acusarían de asesinato. Sus amigos y familiares me dirían que le arruiné la vida. Ya me han acusado de eso antes y con creces, con argumentos muy válidos.
Una noche (de insomnio claro) hace unos varios años luego de una discusión con Ángela decidimos separarnos. En realidad ella me dejó, pero si me preguntan digo que fue de mutuo acuerdo y en buenos términos. Yo, despechado, loco, y en pleno auge del fotolog subí una foto suya a mi cuenta, que por esos días era muy visitada, popular y de controversia, el último rincón de la transgresión decían los seguidores. Siempre fui una celebridad, al menos, desde lo virtual.
¿El problema de todo esto? Se trataba de una foto íntima. Ángela vestía una camiseta de su glorioso River Plate, con la 10 en la espalada del Burrito Ortega. En la parte de debajo de su cuerpo una pequeña bombacha roja era más un adorno que una vestimenta. Su posición en la cama, posando para la cámara de mi celular, el popular perrito. Ella estaba en cuatro patas para mí. No tuve mejor idea que subir a la web esa foto.
Aquí surgen al menos cuatro problemas. Violé varias leyes (y algunos mandamientos) en un solo y simple clic.
1)      Violación de la privacidad de la minita.
2)      La minita era menor.
3)      El padre de la minita era policía.
4)      La minita entró en crisis y se escapó a Entre Ríos.
De hijo de puta para arriba me dijeron de todo. Su familia me hubiese matado de haber podido hacerlo. La foto de Ángela copó primero los diarios locales para luego llegar a los medios nacionales. Ella se fue sin avisar. Se escapó. Se fue. Lejos de todo. La encontraron después de casi seis meses, cuando ya no era noticia. Había conseguido trabajo como camarera y vivía con un hombre mayor, con quien yo supongo aprendió varias de las cosas que luego llevó a cabo conmigo, cuando le pregunto sobre el tema se ofende y no responde. En el momento en el que apareció se generó otro escándalo de dimensiones épicas. Acusaron a ese hombre de trata de personas, cayó él, unos amigos, la dueña de un kiosco y varios policías supuestos cómplices. Ella dijo que estaba con él por voluntad propia, pero la justicia no le creyó, además necesitaban mostrar algo de contundencia, y si de algo sabe Argentina es de “perejiles” legales. A veces pienso que al pobre tipo se lo deben estar garchando en la cárcel, y todo porque yo subí una foto. Es extraño como se desencadenan algunos acontecimientos.
Cuando Ángela regresó me buscó, y por supuesto, me encontró con cierta facilidad, no soy un tipo difícil. Tuvimos una reconciliación por demás intensa. No le dije nada pero supe que durante su exilió había aprendido algunas cosillas nuevas. Luego abrazados tuvo una apertura emocional como pocas veces.
-No me molestó que subieras la foto – susurró – No me importa que el mundo me haya visto el culo. Me molestó que esa foto era para vos, yo confíe en vos y vos rompiste esa confianza.
Pocas veces me sentí una basura como luego de oír esa confesión.
Ahora está acostada. Luchando prácticamente por respirar. Tiene miedo, me lo dice. Tiembla. No sería descabellado pensar en un coma etílico, o peor, un fallo respiratorio, o una sobredosis. Me dice con la voz quebrada y moqueando que “esta vez me fui al carajo”, y siento sus dientes morder con fuerza.
Pienso que todo se va a solucionar por arte de magia y me recuesto a leer el diario. Es de hace unos días. Las noticias son viejas, pero fuimos noticia, mala, pero noticia al fin. En la nota dicen que a Los Educadores se les prohíbe volver a tocar en la provincia de Córdoba, y que su líder (o sea yo) debería ir a declarar ante un juez federal por incentivar el uso de drogas. Ocurre que durante el show teníamos una escenografía montada, se trataba de un tipo disfrazado de pastilla, quien salía a escena y desde una jeringa gigante arrojaba agua de color al público. Un fiscal no comprendió el chiste, actuó de oficio y me denunció. ¿Cómo puedo dormir con todo eso en mi mente?
Ángela tiembla más de la cuenta y le pregunto si está bien.
Ella se sienta. Apoya su espalda en el respaldo de la cama. Lleva sus manos a los ojos y se limpia las lágrimas. Está llorando. Hace pucherito. Su quijada no puede quedarse quieta. Se pone de pie y busca en el suelo sus ropas. Aprovecho para tocarla. Está fría. Muy fría. Ella me corre la mano de un cachetazo y me dice que no. No quiere que la toque. Camina con dificultad hacia la silla donde quedó colgada la remera que arrojó desde la cama unas horas antes. Tiene la sobriedad de darla vuelta para que la costura quede del lado interior, busca la etiqueta y se viste. Se mira al espejo y rompe en llanto.
Me incorporo de un salto, la abrazo. Tiembla. Tiembla mucho. Su pecho apoyado contra el mío delata su taquicardia. Sus labios no tienen color. La tomo por las manos para tratar de tranquilizarla. Sus dedos parecen hielos largos. Habla pero no comprendo lo que dice. Acerco mi cara a la suya para intentar comprenderla.
-Llamá a un doctor – dice – Llamá a un doctor que me muero.
No sé cómo manejar una emergencia semejante. No llamo a un doctor. Llamo a Dolores. No sé qué hora es pero no importa. Ella me atiende dormida luego de varios tonos. Le cuento lo acontecido. Como por arte de magia se despierta y me pide que haga todo lo posible para que Ángela no se duerma, que me calme que todo iba a salir bien y que ella se encarga de comunicarse con el doctor y que “ya voy para allá”, una genia. Una verdadera amiga.
Tengo que mantener a Ángela despierta, pero cómo. Solo se me ocurre ponerle los auriculares, los míos, los personales, esos que utilizo tanto para tocar en vivo como para componer en la computadora los demos y maquetas de las nuevas canciones. Son unos especiales que vienen directamente para escuchar música desde allí, tienen memoria interna. En dicha memoria solo hay una canción, el demo de mi última composición en modo “repetición” durante casi 8 GB.
Cuando Dolores, al cabo de una larga hora, llegó junto con una ambulancia, Ángela estaba recostada con los ojos abiertos como un dos de oro, mercando el ritmo lento del tema con su cabeza, y tocando la batería en el aire. El doctor no necesitó más que mirarle las pupilas con su linterna para afirmar que “esta chica tiene una sobredosis”, ingresaron también dos enfermeros que la subieron a una camilla para trasladarla de urgencia a la clínica.
Le quitaron los auriculares y se los entregaron a Dolores. El volumen estaba tan fuerte que se podía oír la canción en el ambiente.
-¿Qué es esto? – me preguntó mientras se los calzaba para escuchar mejor, y luego le devolvió los auriculares a Ángela.

-European Movie – respondí – Una canción nueva.

lunes, 2 de mayo de 2016

Los Cuatro Elefantes - Capítulo III

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
Soy el insomnio con piernas. Soy el insomnio de Jack, solo para entendidos. Hay momentos en los cuales, como diría Andrés Calamaro, “no sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”, simplemente estoy, pero estar no significa ser. En español existe el verbo “ser” y “estar”, en otros idiomas esos dos verbos se escriben igual, lo que es un absurdo, repito, estar no significa ser.
Llegué a probar sonido con sueño y resaca. Tuve que soportar una pelea entre Ángela y Dolores, gambetear a la gente que me esperaba en la puerta del hotel, salir por una puerta trasera y putear a los periodistas. Cuando llego veo que Braian Bauer le da lecciones de bajo a Ton.
-Eso es el Do – le decía – Entonces tocás cuatro veces ahí y pasás a La, que es acá – le señala con el dedo – Otras cuatro veces ahí.
Es buenísimo. Genial. El guitarrista le está enseñando a tocar el bajo al bajista de la banda unas horas antes del show. Supongo que habré hecho alguna mueca de fastidio, porque Dolores me recordó que había sido yo quien escogió a los miembros de la banda, y es verdad. Prefiero tocar con amigos. Ton es el encargado de hacer el arte de los discos. Ya vamos editando dos, Push Rush y Disorder. Él es artista plástico y no tiene ni idea de cómo tocar el bajo. En el estudio de grabación puede disimular su falta total de conocimiento, porque puede tocar por partes y luego mezclar. Pero no hoy, hoy es en vivo.
Veo que Braian desenchufa varias pedaleras, las levanta y las mira con rostro extraño, le dice a uno de los sonidistas que “no tengo idea como se usan”, solo necesita, según él, la distorsión y algo de eco.
Dolores está tensa. Nadie que haya mantenido una discusión con alguien permanece tranquilo de inmediato.
-Nos tenemos que ir por atrás – me dijo ella en el hotel y trató de acompañarme empujándome por la espalda.
Ángela caminó veloz unos metros, se puso a mi lado y tomó mi mano.
-No – dijo Dolores – Vos no podés venir.
-Pero que no voy a ir nena, soy la novia.
-¡¡Vos no venís y punto flaca, no venís!!
Se insultaron. Se empujaron. Hubo tirones de pelo. Trapitos al sol y todas esas cosas hermosas que se suceden en una pelea de ex amigas. De no ser por mi insomnio la habría disfrutado. Finalmente Ángela debió quedarse en el hotel. Uno a uno.
-Resulta que ahora la pelotudita esa es tu novia – atacó Dolores con ironía en el taxi – Que bárbaro… - refunfuñó – Cuando le conviene es tu novia.
Yo me encogí de hombros. Es raro como a veces las mujeres utilizan diminutivos para referirse a otras mujeres.
-No sé qué te hará – continuó remarcando la palabra “hará” – Que la defendés tanto.
-Yo no la defiendo.
-Pero te ponés de su lado.
-Bueno, ya está, dejala…
Dolores toca la betería en la banda. Fue ella quien se ofreció porque no quería dejarme solo arriba del escenario por diversos motivos. Claro está que en su vida había tocado una batería.
En el lugar del show nos esperaban algunos fans y varios periodistas, pero Dolores, vestida ahora de representante, se los quitó de encima con un concreto “sin fotos chicos, sin fotos”.
Me acerco a Bauer para preguntarle cómo va todo, me dice que el retorno es malísimo, que la policía quiere suspender el recital y que se gastó el agua mineral en varias manzanas a la redonda.
-Vos pensá – me dijo – Él no sabe tocar el bajo, Lole no sabe tocar la batería, yo no sé usar las pedaleras, y vos venís de salir de ataques de pánico, ¿qué puede ser peor?
A veces el consuelo desconsuela.
Probar el sonido no me dio muchos ánimos, para mis adentros yo pensaba que “esto va a salir como el mismísimo ojete”, no teníamos chances que saliera bien. Exploté. Al fin y al cabo soy el líder, soy el compositor y el proyecto lleva mi nombre.
-Paramos, paramos – di la orden levantando la mano derecha - ¿Me explican cómo vamos a hacer música electrónica sin pedaleras y sin bajista?
Cuando uno hace una pregunta a un grupo de personas, y estos se rascan la cabeza, solo significa una cosa: la perdición absoluta. Lisa y llanamente estábamos perdidos.
-En los ensayos suena bien – intentó una defensa Dolores, que al ver mi repentino gesto de liderazgo habló hasta con cierta timidez.
-Esto suena como el orto – dije y di vuelta el teclado que golpeó contra un parlante – Somos una banda de mierda.
Me fui al camarín enojado sin voltear mientras escuchaba que la banda hablaba en voz baja e intercambiaban culpas. Una vez allí me miré al espejo, ¿ese soy yo?, le tengo miedo a los espejos, así que lo tapé con una frazada. Intenté llamar por teléfono a Ángela pero no me respondió. Es rencorosa. Me recuesto haciendo malabares en un sillón de un cuerpo y me duermo.
El sueño, lejos de ser placentero, fue una extraña pesadilla. Yo era un simple niño escondido en el asiento trasero de un auto. El vehículo estaba en el estacionamiento de algún supermercado de los Estados Unidos, no había prácticamente gente, yo no podía ver y comprobar eso, pero en los sueños hay cosas que se saben igual. Miro el espejo retrovisor desde donde colgaban dos dados grandes de peluche, adorno de algún casino, uno con el número cinco y el otro con el dos. Llevo mi vista hacia la izquierda y veo a un hombre con gafas oscuras. Vuelvo mi vista al espejo y noto que el hombre se ríe. Su risa se convierte en carcajada. La carcajada empieza a distorsionarse y todo es una inmensa bola de sonidos. Siento que afuera hay fuego. Yo grito desde el asiento de atrás. Sé que estoy, una vez más, frente al Diablo, el maldito se me aparece en los sueños.
Alguien golpea la puerta. Ese pequeño milagro ha vuelto a ocurrir. Despierto. Trastabillé por el mareo y tardé unos segundos en recordar donde estaba. Aún estaba entre dormido y no me hubiese sorprendido que del otro lado de la puerta se encontrara algún demonio. Dolores me dice que ya es la hora, que la gente está esperando.
No recuerdo haber sentido en la vida más sueño que en ese momento. Pero tenía que salir a tocar. Me puse mis gafas redondas, la gorra de jean con visera y los auriculares. En el pasillo estaba Braian y Ton esperando. Me sentí el capitán del equipo y tuve esa necesidad de unir a todos para decir unas palabras.
-Vos bombo en negra – le recomendé a Dolores haciendo un gesto con mi mano – Si ves que se te complica – me dirigí a Ton – Bajás el volumen y listo, no pasa nada. Vos tratá de no colgar – Bauer tiene tendencia a no poder regresar de los solos de guitarra.
Del resto me encargaría yo, pensé. También se me vino a la cabeza la frase de Duhalde y su “que sea lo que Dios quiera”, y me tranquilicé un poco.
La explosión se hizo presente. La gente gritó como loca. La sirena que anuncia las catástrofes envolvió el ambiente. La gente enloqueció. Dolores comenzó a marcar el bombo en negra y sentí por primera vez el coro de la gente y su “ey, ey, ey, ey”, observo a mi amiga, con los brazos en alto golpeaba los palillos al ritmo del bombo, arengando al público, me pregunto de dónde habrá sacado esa “cancha” si era la primera vez que tocaba frente a alguien. Se me puso la piel de gallina. Esto ya no puede detenerse. Nunca se para a tiempo. Braian largó con su arpegio en Do Menor justo a tiempo para que el platillo y el bajo se unieran a la banda. Estiré mi cabeza para ver, todavía no era mi turno, la gente saltaba y se molestaban entre sí para tratar de llegar delante de todo, contra la valla de seguridad. La segunda explosión me dio el pie que necesitaba. Salí a escena y sentí los gritos. Hice los cuernitos con mi mano izquierda y la levanté. La gente deliró. Me senté detrás del teclado y toqué mi parte, y cuando sentí que algo iba mal porque no sonaba mi instrumento me di cuenta que en realidad el coro de la gente estaba tapando el retorno de mis auriculares. La melodía de la canción era coreada por la multitud, el “oh, oh, oh”, dos simples notas, estaban obsequiando alegría a la gente, y yo, lejos de sentirme bien, sentí una profunda tristeza.
Al terminar la primera vuelta de la canción la gente se contuvo un poco y pude oír algo de cómo estábamos sonando. Y lo supe. En vivo estamos lejos de ser una banda de música electrónica. En vivo hacemos rock instrumental. En vivo somos crudos y desparejos. En vivo somos cuatro elefantes pendiendo de un hilo. En vivo corremos ese riesgo plagado de adrenalina de irnos al carajo en cualquier momento. En vivo puede pasar cualquier cosa. Me gusta. Somos los Sex Pistols con un poco más de ensayo.
Dolores golpeaba con fuerza el bombo y cada tanto hacía algún rulo en sus redoblantes, no metió un platillo a tiempo en toda la noche, salvo el primero, pero quedaba bien, me diría más adelante que piensa en la gente que no quiere y se descarga con los platillos, dándole con fuerza. Braian directamente zapó durante todo el show. Ton no bajó el volumen de su instrumento, pura actitud, a veces pifiaba claro, pero jamás se detuvo. El público inventó cantos de tribuna futbolera con mi nombre, insultó a Pappo y a la policía y pidió que entreguemos a Lole, como se la conoce artísticamente a Dolores. Ella respondió tirando besitos al aire desde su asiento.
Whisky es una canción que cierra el primer disco. Fue grabada técnicamente en vivo en un bar del sur durante mi exilio. El piano estaba desafinado, había poca gente y todos estábamos ebrios. Yo comencé a tocar una melodía que se repetía hasta la eternidad, Dolores, que andaba por esos pagos junto con los demás (incluida Victoria) tratando de rescatarme de las manos del Zoloft, grabó con su celular la secuencia; luego en el estudio se limpió el sonido, se le agregaron unos efectos, y quedó una bonita coda en fade out, que es cuando la canción baja su volumen de a poco hasta desaparecer.
Con Whisky cerramos el show, claro que la versión en vivo fue tocada por toda la banda, para que se retiraran de a uno bajo una lluvia de aplausos, hasta que finalmente solo quedó el teclado y yo, con esa hipnótica melodía. Programé el loop (que es cuando se repite automáticamente la parte de una canción) y activé el fade out, me puse de pie y saludé con ambas manos a la vez que las luces del local se encendieron. La gente, un poco cansada y otro poco satisfecha, aplaudió. Me fui.
En el pasillo los chicos festejaban. A Dolores se la veía feliz, a Ton le dolían los dedos por las gordas cuerdas del bajo, Braian estaba como si nada hubiese pasado. Les pido perdón por mi reacción en la prueba de sonido. Me dicen que no pasa nada.
Nos juntamos en el camarín a beber agua sin saber que estábamos ante el nacimiento de un mito, el camarín de Los Educadores. Luego salimos a la calle cuando ya casi no quedaba nadie. La gente se había retirado casi en su totalidad y el periodismo se cansó de esperarnos. Nos tomamos algunas fotos y firmamos algunos discos. Charlamos un poco con el público. Ton consiguió que una chica se ofreciera para posar desnuda para sus cuadros, gratis. Él no podía creerlo, hasta ese entonces debía pagarle a modelos o prostitutas para conseguir eso. Braian se perdió en el horizonte de la avenida abrazado a la cintura de dos gemelas dark, y Dolores me dijo un pícaro “me voy a tomar algo con ella”, señalando a una mujer que la esperaba en su auto.
Todos ganaron. Canto mentalmente una canción de Fontanet, “hay tantas chicas cantando y para el cantante siempre, siempre dejan tan poco”, sonrío, “no dejan ni un poco”.
No necesito ninguna groupie. Ángela ya debe estar alcoholizada esperando por mí en el hotel. Lista para ser el menú del caníbal que hay en mí. Ángela sería la entrada, el plato principal, el postre y la frutilla del postre.
Ingreso al hotel. Desde la recepción me llaman. Está el sereno y dos camareras que terminaron tarde de limpiar el comedor. Pienso, dentro de mi ego, que es para felicitarme, para pedirme alguna foto, e inclusive, para ofrecerse, pero no. El señor me da la tarjeta para abrir la puerta de la habitación y me dice que “le dejaron esto”, era un papel.
Lo abro. Leo un texto de Ángela escrito de su propio puño, “me fui a la mierda”, rayos.
-Bien – digo y hago una pausa - ¿Dijo algo más la señorita?
-Sí, que es usted un pelotudo.
-Perfecto, gracias – sonrío y subo a mi cuarto.
La canilla del baño de la habitación sigue abierta. La botella de whisky en su lugar. La cama destendida. Hay olor a ella, pero ella ya no está. Me recuesto con una extraña sensación de angustia, de vacío, “del éxtasis a la agonía”, dice Cordera. La extraño. Me acostumbré a estar con ella. Una vez durante una pelea ella me dijo que por qué no me buscaba a otra y listo si tanto me molestaban sus actitudes, yo le respondí que mejor no, porque conocer a alguien nuevo es todo un tema, eso de crear nuevos vínculos lleva tiempo, esfuerzo, dedicación, hay que abrirse, contar miedos, infancias, sueños, no tenía ganas de comenzar una nueva relación con otra persona. Iba a quedarme con Ángela, estaba claro, ya era mucho el tiempo invertido en ella como para andar cambiando. Pero Ángela no está. Sé que su enojo durará unos días, que volverá a hablarme de a poco, que los primeros días no me dejará besarla ni tocarla, que responderá a mis comentarios con cortantes monosílabos, pero que todo culminaría siendo como antes. Mi consuelo es que siempre volvemos, somos “piedras rodantes” que se interponen en el camino del otro para hacerlo tropezar una y otra vez. Pero ahora estoy solo. La extraño. Siento un vacío interior inmenso. Esta debe ser la soledad de los creadores.

Sé que no voy a poder dormir.

lunes, 18 de abril de 2016

Los Cuatro Elefantes - Capítulo I


Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
La televisión encendida en volumen cero delata la hora. El vaso de whisky sobre la mesa de luz está lleno, el hielo se ha derretido, una verdadera picardía. Bebo de dos sorbos la totalidad del elixir. Ya no me quema la garganta, y sé que eso es algo peligroso. Significa que ya soy inmune al whisky aunque espero que sea por el exceso de agua que generó el deshielo. El control remoto de este hotel tiene una pequeña falla en sus botones, los números están trabados y le falta el botón para subir de canal. Solo puedo hacer un zapping descendente. En el canal de la música están pasando un especial con los números uno de Michael Jackson, no puedo escuchar las canciones, pero tiene videos buenos y miro un par, ya nadie hace videos como él.
Cada tanto alguna puerta suena con brusquedad, cerrándose sin escrúpulos. La gente no tiene delicadeza para cerrar las puertas en los hoteles, el anonimato es la mejor defensa, y es lo mejor que puede ocurrirle a una persona. Anonimato, que palabra tan lejana ya para mí. Al menos todavía puedo caminar por la calle, son pocos quienes me conocen sin mi disfraz de artista, sin las gafas ni la gorra y auriculares soy simplemente uno más, solo me conocen de nombre pero no mi rostro. Pero siempre me encuentro con alguien que sí me conoce, y pega el grito y me señala con el dedo, e inmediatamente me veo rodeado de varias personas que pretenden una foto, un autógrafo, un algo que les cambie la vida para siempre; yo, claro, no puedo con esto último, apenas si puedo con las fotos y firmas.
-Regalame una frase – me pidió una chica durante la presentación de un libro.
-Si vas a jugar, que sea con fuego – improvisé, la chica se fue feliz, pero me pregunto qué tanto habré arruinado su vida con esas palabras.
Afuera ya comienza el frío. Es la época, claro. Pienso en la gente que no tiene hogar, en los perros callejeros y siento un profundo deseo de beber más whisky para evadir la realidad, debo escaparme cuanto antes, pero la botella quedó destapada en la mesa de entrada, en el pasillo de la habitación. Sonrío para mis adentros recordando una frase de Andrés Calamaro, “si es un sacrificio prefiero que no”, a veces puedo llegar a ser una verdadera larva.
Ángela duerme a mi lado. Su sueño es profundo. Yace desnuda en posición fetal. Se ve hermosa. Su piel no tiene tatuajes, solo una pequeña marca de alguna vacuna de la infancia. Tuvo una tarde agitada (como todas sus tardes) de lucha interna contra sus propios demonios, que no son pocos, para luego ceder a mis deseos y perversiones más profundas. Es una amante obediente. Me encuentro a mí mismo haciendo una mueca de ternura en la cara mientras la observo, ¿será eso el amor? Dormida es un angelito. Su rostro es de inocencia. Me pregunto por qué será que las mujeres, incluidas sus propias amigas, la odian. Luego la recuerdo despierta y entiendo.
La observo dormir. Por momentos mueve sus ojos con velocidad. Lo noto en sus párpados. Debe estar soñando. Luego deja de moverlos, se calma y respira profundo. ¿Qué clase de monstruos la estarían atormentando en la pesadilla? ¿Habrá podido escapar? Se mueve y entre abre sus ojos para observarme. Verifica que yo esté allí y continúa durmiendo, como si mi presencia la tranquilizara. Acaricio su pelo y sonríe sutilmente. Si esto no es el amor, es, al menos, algo similar, o una clonación imperfecta, una copia cruel que nos da esperanzas y nos hace creer. Una teoría de Ouspensky dice que Dios es tan solo un invento del Diablo para darle esperanza a los seres humanos, y así reírse de ellos. El amor no debe ser tan distinto.
Me preocupo por la lista de temas. Armar la lista del show es más complicado de lo que parece, un error allí y el público se pierde. Generalmente conviene comenzar bien arriba, le gente llega al show con ganas de cantar y saltar, hay mucha energía y adrenalina contenida, bronca, dolor, odio, la gente ya no va  recitales para disfrutar, los utiliza como terapia, y es recomendable hacer que esa bomba explote lo antes posible, para luego sí poder demostrar un set un poco más tranquilo, con sonidos más acústicos y alguna balada, con el público ya no tan sediento.
Se me viene a la mente, de forma súbita, el comienzo de toda esta historieta. Mi depresión, las pastillas, la soledad, el fracaso. Esto último fue un verdadero cachetazo al ego, yo tenía pensado publicar una trilogía de poemas, pero los números no cerraron, y la editorial que me auspiciaba canceló mi contrato luego del segundo libro. En Vicky’s Books, por más que se trate de una editorial independiente, no comen vidrio. Eso desató mi furia.
Hubo una fuerte discusión con Victoria, la líder del clan y el movimiento del que formo parte, tuvimos antiguos pases de facturas, trapitos al sol innecesarios. Las mujeres del clan, incluida Ángela, se pusieron de su lado, los hombres, aunque sabían que el equivocado era yo, del mío, así funcionan las corporaciones. Me exilié en el sur para vivir en una cabaña, enojado con el mundo. Conocí a una mujer recién separada que era psiquiatra, con sed de venganza, dispuesta a probar todo, con quien consumía “drogas legales”, ya saben, tener una receta al alcance de la mano es una ventaja en los momentos de desesperación, y fue, viendo los resultados, una profunda fuente de inspiración. Si el precio para una buena obra de arte es la muerte de algunas neuronas, bienvenidos sean los funerales.
El teléfono de la habitación suena. Trato de atender con velocidad para evitar que Ángela se despierte, eso es algo cercano al amor, dejar que el otro duerma en paz, pero todo lo que se hace rápido se hace mal, y mi torpeza hizo que tirara el teléfono al suelo y el ruido fuese más grande. Ella se despertó a la vez que yo atendí la llamada.
-¿Hola?
-Hola, le hablo desde la recepción, le transfiero una llamada.
-Rocker – del otro lado Dolores estaba un poco nerviosa – Mañana hay que probar sonido temprano, te vas a tener que guardar porque se llenó la ciudad, todos te quieren ver, esto es un quilombo de la San Puta, queda cancelado el Mc Donald.
-Ok.
-¿Vos todo bien?
Dolores siempre fue la encargada de ponerse todo al hombro. Desde las sombras organiza las presentaciones de los libros, las muestras de cuadros, los estrenos de películas, y ahora los recitales; y aun así siempre le queda tiempo para preguntar por el estado anímico de los demás. Es una dulce, no merezco su amistad.
-¿Quién era? – me pregunta Ángela con la voz ronca y me acaricia el pecho. Le digo que “no era nadie”, le sugiero que siga durmiendo, que es temprano, aunque en realidad no sé qué hora es, pero ella no obedece y se levanta.
Camina desnuda entre las sombras. Puedo contemplar su silueta. Se desplaza por el dormitorio desnuda con una naturalidad que asusta. Llega hasta la botella de whisky destapada. Me dice en tono de regaño algo así como que si no la tapo se evapora. Bebe del pico un sorbo, como si fuese agua. Limpia sus labios con la mano. Me pregunta si quiero. Le digo que sí y estiro el brazo sujetando el vaso. Me sirve hasta el tope y bebe lo que queda de la botella. Me pregunta si pedimos otra. Le digo que mejor no. Bebo mi whisky casi de un sorbo, esta vez sí me quema la garganta y parte de mí se tranquiliza. Siento escalofríos. Creo que tomé demasiado. Ángela se me sienta encima y murmura algo de manera cariñosa, finge ser una niña. Hace trompita y enreda un mechón de su cabello en su dedo. Me besa. Su boca sabe a alcohol. Sus muslos al costado de mi cadera son serpientes que no pretenden quedarse quietas. Trato de adivinar la hora pero ya perdí noción del tiempo, y los movimientos de Ángela me hacen perder la noción del espacio. Dice una canción de Solari, “yo no la cambio por nada cuando empieza a cabalgar”.

El cielo, a veces, es un lugar tentador.