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lunes, 30 de mayo de 2016

Crímenes Perfectos - Capítulo I


Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
En San Luis hace calor, el calor genera sueño, pero yo no puedo dormir. En la sala del hotel algunos turistas ocasionales me reconocen. No por mis virtudes y aptitudes musicales, supongo que habrán visto las noticias de nuestro show de Córdoba y todo el circo mediático que se montó en torno a eso, luego habrán visto y leído sobre la internación de Ángela y mis fotos insultando a los periodistas, mi cara, de a poco, comienza a ser conocida para el público común. Me alegra andar por la vida con gafas y gorra, esos adornos de la moda cumplen el papel de traje de súper héroe, sin ellos no puedo salir a la calle porque me siento inseguro, con pánico. Pero últimamente disfrazado de esa forma las personas ya me reconocen, así que de a poco voy tomando coraje de salir sin ellos, y sin disfraz soy uno más. No hay mal que por bien no venga, dicen.
  Dolores habla por teléfono mientras yo me refresco con un agua saborizada de naranja. Al parecer la mala prensa es buena prensa, y las entradas están agotadas, “el Universo está a mi favor”, canto mentalmente. La policía dice que si no se habilitan más entradas el show se va a tener que suspender porque no podemos tener más gente afuera que adentro. Los bomberos dicen que es ilegal habilitar más entradas porque el lugar va a colapsar. Cambiar el lugar del recital ya no se puede porque no nos dan los tiempos. Enterado de todo esto un fiscal comienza a actuar de oficio. Tenemos a la ley sobre nuestras espaldas.
Un chico sobreviviente del fotolog pasa caminando  por la vereda. Mira hacia adentro del hotel y allí estoy yo. Supongo que me reconoce. Camina más lento, como para verme por más tiempo y verificar si soy yo o no. Luego regresa sobre sus pasos, cada vez más lento y me mira. Levanto mi pulgar y veo su cara de asombro. Acelera su marcha y un par de minutos después está parado frente a la vidriera con una chica vestida con una remera negra con letras blancas que dice en tipografía rústica “The Educators”. La chica se tapa la boca y con torpeza busca algo en su bolso. Saca una vieja cámara digital y la señala con el dedo para luego señalarse a ella misma. Le hago señas que entre. En la puerta de entrada la seguridad no le permite el ingreso.
-Están conmigo, está bien – digo con la voz elevada desde el sillón.
Los chicos me preguntan con timidez como estoy, aseguran que les gusta el disco nuevo. Me piden si podemos hacer una foto. Me incorporo y ella se acerca, amaga a abrazarme pero se detiene.
-¿Te puedo abrazar? – pregunta.
La traigo hacia mí desde la cintura mientras su amigo saca la foto. Luego hacemos lo mismo pero es ella quien me fotografía abrazado al chico. Mientras él me dice que viajaron desde muy lejos ella revisa las fotos, dice con cierta amargura que “ay, la mía salió mal”, parece que está por llorar, le digo que no importa que hacemos otra y listo, que no es nada grave.
-Boludo, ¿no sabés sacar una foto? – se enfada ella con su amigo al ver que la segunda imagen también salió movida.
No permite que saque una tercera. Le quita la cámara con desprecio y busca a alguien en la sala para pedirle “si por favor, no me sacás una foto”. Lo miro al chico y le hago un gesto cómplice, como diciéndole “que mina hincha pelotas”, él se sonríe y se encoje de hombros y rasca su cabeza.
Dolores gesticula cada vez más y escucho que eleva la voz en determinadas palabras, “no, imposible, es una locura, se van a hacer cargo ustedes”, me pregunto qué estaría pasando.
-Bueno, ¿decimos whisky? – digo nuevamente abrazado a la chica mientras una señora está a punto de tomarnos la foto, y los dos chicos comienzan a tararear la canción, claro, me había olvidado que tenemos una canción que se titula Whisky. La seguridad y el conserje los miran mal y se callan. Ahora el que se rasca la cabeza soy yo.
-¿Te puedo dar un beso? – me pregunta la chica.
Le digo que sí, iluso, inocente, y no tuve tiempo de frenarla en su embestida. Sus labios se pegan a los míos. Yo abro los ojos con asombro pero instintivamente la sujeto de las caderas. Su lengua escarba mi boca, acaricia la mía. Pienso que si Ángela llegara a ver eso nos echarían a todos del hotel. En un segundo de lucidez trato de empujarla sutilmente hacia atrás, pero ella me tiene agarrado por la nuca. Finalmente consigo escapar. Ella se gira dándome la espalda y grita un emocionante “AAAHHH” tapándose la boca a la vez que da pequeños saltitos en su lugar, como un canguro bebé. Dolores mira de reojo la situación y me pone cara de culo. Me encojo de hombros, yo no hice nada. Miro al costado, la puerta del ascensor se abre. Ángela está del otro lado. Quieta. Su expresión es extraña. Mezcla de asombro e ironía. Sé que vio lo acontecido, y si no lo vio lo sospecha por la escena misma.
Pasa por al lado de Dolores y no la saluda. Ni se miran. Pregunta donde se desayuna y se queja porque el café está fuerte, y los cereales no son azucarados, y el yogur es entero y lleno de grasa, y ella está realizando una dieta específica. Las camareras la atienden de mala gana, pero no tienen otro remedio que atenderla y tratar de cumplir con cada uno de los caprichos de su comensal.
Los chicos la reconocen. Ángela publica poemas desde nuestras revistas y es conocida en el ambiente. Tiene además un blog personal desde donde sube poemas y fotos para alterar a la platea masculina. Se acercan y le piden una foto, ya con más confianza en esto de hablarle a gente conocida, además pienso para mis adentros que tal vez el beso le haya brindado una energía extra.
-No – dice Ángela sin levantar la vista – Estoy desayunando.
-Es un segundo nada más.
-¡Te dije que no! ¡Volá de acá pendeja, volá!
Confirmo con ese acto que Ángela vio toda la secuencia que no tenía que ver. Me amargo al pensar que en algún momento eso generará una discusión con mi chica. Mi defensa sería la misma de siempre, le preguntaría “¿cuál es el problema, sos mi novia acaso?”, ella guardaría silencio y utilizaría esa misma pregunta cuando el beso se lo dé ella a otro. Así de cruel es nuestra relación. El personal de seguridad del hotel invita a retirarse a los chicos al oír los gritos, por puro protocolo le preguntan a Ángela si está bien. Dolores corta la comunicación con quien sea que esté hablando y lanza un “la puta madre” al aire.
Me sirvo un café, un jugo de naranja y dos porciones de torta. Esquivo las frutas y los cereales. Me siento frente a Ángela y le pregunto cómo se siente. Anoche tuvo fiebre y le costó dormir. Desde hace un par de semanas que su salud presenta vaivenes. Los análisis le salieron dentro de todo bien, solo un poco de anemia. Pero levanta fiebre de la nada, dijeron que tiene “algún virus”, que debe combatirlo con antibióticos.
-¿Cómo estás? – le pregunto.
Ella, lejos del sentido común, me arrojó el contenido de su copa de yogur con cereales contra mi cara, hizo lo mismo con mi jugo de naranja y con el café, aunque con este último tuvo la sobriedad de lanzármelo en el pecho. Lo demás se escurría por mis pelos y mi rostro.
-¿Me podés servir más? – pidió a una de las camareras extendiendo la copa ya vacía.
Bebió el yogur, se puso de pie y permaneció quieta unos segundos, vi como apoyó una de sus manos en la mesa para sostenerse, estaba mareada pero sabía que iba a negarlo si le preguntaba algo. Se dirigió hacia el conserje, se quejó de las toallas, de la música funcional y de la precariedad del mini bar del dormitorio.
Dolores ocupó su lugar en la mesa, me dice que mi relación con Ángela es tóxica y auto destructiva, me caga a pedos por haber dejado que una fan me besara, por hacer quilombo con la comida del desayuno y finalmente dice a modo de hermana mayor  un “dajala tranquila loco”, en relación a Ángela, “o cuidala, es tu novia”. Le digo que no somos novios y parece enojarse aún más, “con más razón dejala tranquila entonces”.

Pienso para mí mismo, que “si no es tóxica, no es relación”.

lunes, 9 de mayo de 2016

Una Película Europea - Capítulo I

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
No recuerdo cuando fue la última vez que dormí bien. Me refiero, no tengo noción de haber vivido diez días de sueño normal en toda mi vida. Levantarme temprano, hacer alguna actividad, alguna recreación social, para luego acostarme después de la cena y dormir tranquilo. ¿Por qué no puedo dormir? ¿Por qué me cuesta tanto? Ya de niño recordaba por las noches los dibujos animados que veía durante el día, los reconstruía mentalmente, inclusive agregándole cosas. Me gustaba tomar en primera persona el papel del personaje y vivir la historia en mi cabeza, reformando el guión. De adolescente pensaba en mis profesoras, compañeras, famosas, etc. Más de adulto me dediqué a escribir mentalmente enormes novelas y poemas que generalmente se perdían por no tomarme el trabajo de levantarme a escribirlos. Ahora lo que me quita el sueño son las melodías. Bueno, y las pesadillas recurrentes, el agua y el Diablo invaden con frecuencia mis placenteros sueños, y es allí donde aparecen las películas independientes o europeas para acompañarme en el desvelo. Algunas son tan bonitas que asustan. Nadie retrata los trastornos de las relaciones humanas como las películas europeas. Nadie relata los pormenores de la soledad como ellos. Son, depende cómo se las mire y como nos encuentre parados en ese momento, películas peligrosas.
El insomnio nos hace hacer cosas raras, como por ejemplo leer a Bukowski desde un celular. Lo cito, “¿Por qué bebo alcohol? Porque ninguna buena historia comienza con un estaba yo comiéndome una ensalada”. Brillante. Al menos para alguien con insomnio esa reflexión es brillante. Más cuando además del insomnio uno está rodeado de botellas de alcohol vacías. Uno busca siempre la excusa que justifique sus acciones. Si Bukowski dice lo que queremos escuchar lo amaremos. A él o a quien corresponda. Somos demagogos por naturaleza.
Ángela sale del baño pálida y con ojeras. Moquea. Se la ve frágil. Me dice que no se siente bien y que tiene miedo. Se sienta en el borde de la cama, abre el cajón de su mesita de luz y saca de allí uno de esos espejos redondos con tapita, es de color rosa, y tiene un stiker con forma de corazón. Luego busca un billete de cien pesos, según ella son los mejores porque son los más nuevos. Lo enrolla formando un tubo. Levanta la tapa de su espejito y allí está el polvo mágico esperándola. Respira profundo a través del billete. Tira la nuca hacia atrás, como si estuviese por ponerse gotas en los ojos. Abre la boca y chasquea la lengua. Me dice que el sabor en su garganta es horrible, que deberían hacerla más dulce y de distintos gustos. Respira profundo otra vez tapándose primero uno de los orificios nasales y luego el otro.
-Vomité sangre boludo – dice – No puedo bajar…
Me pregunto cuánto tiempo más podremos vivir así.
Ella me dice que tiene frío. Se acuesta, se hace una bolita y me pide que la tape con una frazada. Tengo un negativo pensamiento. Se me ocurre imaginar que quizás se duerma y ya no se despierte. Imagino los medios de comunicación. Me acusarían de asesinato. Sus amigos y familiares me dirían que le arruiné la vida. Ya me han acusado de eso antes y con creces, con argumentos muy válidos.
Una noche (de insomnio claro) hace unos varios años luego de una discusión con Ángela decidimos separarnos. En realidad ella me dejó, pero si me preguntan digo que fue de mutuo acuerdo y en buenos términos. Yo, despechado, loco, y en pleno auge del fotolog subí una foto suya a mi cuenta, que por esos días era muy visitada, popular y de controversia, el último rincón de la transgresión decían los seguidores. Siempre fui una celebridad, al menos, desde lo virtual.
¿El problema de todo esto? Se trataba de una foto íntima. Ángela vestía una camiseta de su glorioso River Plate, con la 10 en la espalada del Burrito Ortega. En la parte de debajo de su cuerpo una pequeña bombacha roja era más un adorno que una vestimenta. Su posición en la cama, posando para la cámara de mi celular, el popular perrito. Ella estaba en cuatro patas para mí. No tuve mejor idea que subir a la web esa foto.
Aquí surgen al menos cuatro problemas. Violé varias leyes (y algunos mandamientos) en un solo y simple clic.
1)      Violación de la privacidad de la minita.
2)      La minita era menor.
3)      El padre de la minita era policía.
4)      La minita entró en crisis y se escapó a Entre Ríos.
De hijo de puta para arriba me dijeron de todo. Su familia me hubiese matado de haber podido hacerlo. La foto de Ángela copó primero los diarios locales para luego llegar a los medios nacionales. Ella se fue sin avisar. Se escapó. Se fue. Lejos de todo. La encontraron después de casi seis meses, cuando ya no era noticia. Había conseguido trabajo como camarera y vivía con un hombre mayor, con quien yo supongo aprendió varias de las cosas que luego llevó a cabo conmigo, cuando le pregunto sobre el tema se ofende y no responde. En el momento en el que apareció se generó otro escándalo de dimensiones épicas. Acusaron a ese hombre de trata de personas, cayó él, unos amigos, la dueña de un kiosco y varios policías supuestos cómplices. Ella dijo que estaba con él por voluntad propia, pero la justicia no le creyó, además necesitaban mostrar algo de contundencia, y si de algo sabe Argentina es de “perejiles” legales. A veces pienso que al pobre tipo se lo deben estar garchando en la cárcel, y todo porque yo subí una foto. Es extraño como se desencadenan algunos acontecimientos.
Cuando Ángela regresó me buscó, y por supuesto, me encontró con cierta facilidad, no soy un tipo difícil. Tuvimos una reconciliación por demás intensa. No le dije nada pero supe que durante su exilió había aprendido algunas cosillas nuevas. Luego abrazados tuvo una apertura emocional como pocas veces.
-No me molestó que subieras la foto – susurró – No me importa que el mundo me haya visto el culo. Me molestó que esa foto era para vos, yo confíe en vos y vos rompiste esa confianza.
Pocas veces me sentí una basura como luego de oír esa confesión.
Ahora está acostada. Luchando prácticamente por respirar. Tiene miedo, me lo dice. Tiembla. No sería descabellado pensar en un coma etílico, o peor, un fallo respiratorio, o una sobredosis. Me dice con la voz quebrada y moqueando que “esta vez me fui al carajo”, y siento sus dientes morder con fuerza.
Pienso que todo se va a solucionar por arte de magia y me recuesto a leer el diario. Es de hace unos días. Las noticias son viejas, pero fuimos noticia, mala, pero noticia al fin. En la nota dicen que a Los Educadores se les prohíbe volver a tocar en la provincia de Córdoba, y que su líder (o sea yo) debería ir a declarar ante un juez federal por incentivar el uso de drogas. Ocurre que durante el show teníamos una escenografía montada, se trataba de un tipo disfrazado de pastilla, quien salía a escena y desde una jeringa gigante arrojaba agua de color al público. Un fiscal no comprendió el chiste, actuó de oficio y me denunció. ¿Cómo puedo dormir con todo eso en mi mente?
Ángela tiembla más de la cuenta y le pregunto si está bien.
Ella se sienta. Apoya su espalda en el respaldo de la cama. Lleva sus manos a los ojos y se limpia las lágrimas. Está llorando. Hace pucherito. Su quijada no puede quedarse quieta. Se pone de pie y busca en el suelo sus ropas. Aprovecho para tocarla. Está fría. Muy fría. Ella me corre la mano de un cachetazo y me dice que no. No quiere que la toque. Camina con dificultad hacia la silla donde quedó colgada la remera que arrojó desde la cama unas horas antes. Tiene la sobriedad de darla vuelta para que la costura quede del lado interior, busca la etiqueta y se viste. Se mira al espejo y rompe en llanto.
Me incorporo de un salto, la abrazo. Tiembla. Tiembla mucho. Su pecho apoyado contra el mío delata su taquicardia. Sus labios no tienen color. La tomo por las manos para tratar de tranquilizarla. Sus dedos parecen hielos largos. Habla pero no comprendo lo que dice. Acerco mi cara a la suya para intentar comprenderla.
-Llamá a un doctor – dice – Llamá a un doctor que me muero.
No sé cómo manejar una emergencia semejante. No llamo a un doctor. Llamo a Dolores. No sé qué hora es pero no importa. Ella me atiende dormida luego de varios tonos. Le cuento lo acontecido. Como por arte de magia se despierta y me pide que haga todo lo posible para que Ángela no se duerma, que me calme que todo iba a salir bien y que ella se encarga de comunicarse con el doctor y que “ya voy para allá”, una genia. Una verdadera amiga.
Tengo que mantener a Ángela despierta, pero cómo. Solo se me ocurre ponerle los auriculares, los míos, los personales, esos que utilizo tanto para tocar en vivo como para componer en la computadora los demos y maquetas de las nuevas canciones. Son unos especiales que vienen directamente para escuchar música desde allí, tienen memoria interna. En dicha memoria solo hay una canción, el demo de mi última composición en modo “repetición” durante casi 8 GB.
Cuando Dolores, al cabo de una larga hora, llegó junto con una ambulancia, Ángela estaba recostada con los ojos abiertos como un dos de oro, mercando el ritmo lento del tema con su cabeza, y tocando la batería en el aire. El doctor no necesitó más que mirarle las pupilas con su linterna para afirmar que “esta chica tiene una sobredosis”, ingresaron también dos enfermeros que la subieron a una camilla para trasladarla de urgencia a la clínica.
Le quitaron los auriculares y se los entregaron a Dolores. El volumen estaba tan fuerte que se podía oír la canción en el ambiente.
-¿Qué es esto? – me preguntó mientras se los calzaba para escuchar mejor, y luego le devolvió los auriculares a Ángela.

-European Movie – respondí – Una canción nueva.

lunes, 2 de mayo de 2016

Los Cuatro Elefantes - Capítulo III

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
Soy el insomnio con piernas. Soy el insomnio de Jack, solo para entendidos. Hay momentos en los cuales, como diría Andrés Calamaro, “no sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos”, simplemente estoy, pero estar no significa ser. En español existe el verbo “ser” y “estar”, en otros idiomas esos dos verbos se escriben igual, lo que es un absurdo, repito, estar no significa ser.
Llegué a probar sonido con sueño y resaca. Tuve que soportar una pelea entre Ángela y Dolores, gambetear a la gente que me esperaba en la puerta del hotel, salir por una puerta trasera y putear a los periodistas. Cuando llego veo que Braian Bauer le da lecciones de bajo a Ton.
-Eso es el Do – le decía – Entonces tocás cuatro veces ahí y pasás a La, que es acá – le señala con el dedo – Otras cuatro veces ahí.
Es buenísimo. Genial. El guitarrista le está enseñando a tocar el bajo al bajista de la banda unas horas antes del show. Supongo que habré hecho alguna mueca de fastidio, porque Dolores me recordó que había sido yo quien escogió a los miembros de la banda, y es verdad. Prefiero tocar con amigos. Ton es el encargado de hacer el arte de los discos. Ya vamos editando dos, Push Rush y Disorder. Él es artista plástico y no tiene ni idea de cómo tocar el bajo. En el estudio de grabación puede disimular su falta total de conocimiento, porque puede tocar por partes y luego mezclar. Pero no hoy, hoy es en vivo.
Veo que Braian desenchufa varias pedaleras, las levanta y las mira con rostro extraño, le dice a uno de los sonidistas que “no tengo idea como se usan”, solo necesita, según él, la distorsión y algo de eco.
Dolores está tensa. Nadie que haya mantenido una discusión con alguien permanece tranquilo de inmediato.
-Nos tenemos que ir por atrás – me dijo ella en el hotel y trató de acompañarme empujándome por la espalda.
Ángela caminó veloz unos metros, se puso a mi lado y tomó mi mano.
-No – dijo Dolores – Vos no podés venir.
-Pero que no voy a ir nena, soy la novia.
-¡¡Vos no venís y punto flaca, no venís!!
Se insultaron. Se empujaron. Hubo tirones de pelo. Trapitos al sol y todas esas cosas hermosas que se suceden en una pelea de ex amigas. De no ser por mi insomnio la habría disfrutado. Finalmente Ángela debió quedarse en el hotel. Uno a uno.
-Resulta que ahora la pelotudita esa es tu novia – atacó Dolores con ironía en el taxi – Que bárbaro… - refunfuñó – Cuando le conviene es tu novia.
Yo me encogí de hombros. Es raro como a veces las mujeres utilizan diminutivos para referirse a otras mujeres.
-No sé qué te hará – continuó remarcando la palabra “hará” – Que la defendés tanto.
-Yo no la defiendo.
-Pero te ponés de su lado.
-Bueno, ya está, dejala…
Dolores toca la betería en la banda. Fue ella quien se ofreció porque no quería dejarme solo arriba del escenario por diversos motivos. Claro está que en su vida había tocado una batería.
En el lugar del show nos esperaban algunos fans y varios periodistas, pero Dolores, vestida ahora de representante, se los quitó de encima con un concreto “sin fotos chicos, sin fotos”.
Me acerco a Bauer para preguntarle cómo va todo, me dice que el retorno es malísimo, que la policía quiere suspender el recital y que se gastó el agua mineral en varias manzanas a la redonda.
-Vos pensá – me dijo – Él no sabe tocar el bajo, Lole no sabe tocar la batería, yo no sé usar las pedaleras, y vos venís de salir de ataques de pánico, ¿qué puede ser peor?
A veces el consuelo desconsuela.
Probar el sonido no me dio muchos ánimos, para mis adentros yo pensaba que “esto va a salir como el mismísimo ojete”, no teníamos chances que saliera bien. Exploté. Al fin y al cabo soy el líder, soy el compositor y el proyecto lleva mi nombre.
-Paramos, paramos – di la orden levantando la mano derecha - ¿Me explican cómo vamos a hacer música electrónica sin pedaleras y sin bajista?
Cuando uno hace una pregunta a un grupo de personas, y estos se rascan la cabeza, solo significa una cosa: la perdición absoluta. Lisa y llanamente estábamos perdidos.
-En los ensayos suena bien – intentó una defensa Dolores, que al ver mi repentino gesto de liderazgo habló hasta con cierta timidez.
-Esto suena como el orto – dije y di vuelta el teclado que golpeó contra un parlante – Somos una banda de mierda.
Me fui al camarín enojado sin voltear mientras escuchaba que la banda hablaba en voz baja e intercambiaban culpas. Una vez allí me miré al espejo, ¿ese soy yo?, le tengo miedo a los espejos, así que lo tapé con una frazada. Intenté llamar por teléfono a Ángela pero no me respondió. Es rencorosa. Me recuesto haciendo malabares en un sillón de un cuerpo y me duermo.
El sueño, lejos de ser placentero, fue una extraña pesadilla. Yo era un simple niño escondido en el asiento trasero de un auto. El vehículo estaba en el estacionamiento de algún supermercado de los Estados Unidos, no había prácticamente gente, yo no podía ver y comprobar eso, pero en los sueños hay cosas que se saben igual. Miro el espejo retrovisor desde donde colgaban dos dados grandes de peluche, adorno de algún casino, uno con el número cinco y el otro con el dos. Llevo mi vista hacia la izquierda y veo a un hombre con gafas oscuras. Vuelvo mi vista al espejo y noto que el hombre se ríe. Su risa se convierte en carcajada. La carcajada empieza a distorsionarse y todo es una inmensa bola de sonidos. Siento que afuera hay fuego. Yo grito desde el asiento de atrás. Sé que estoy, una vez más, frente al Diablo, el maldito se me aparece en los sueños.
Alguien golpea la puerta. Ese pequeño milagro ha vuelto a ocurrir. Despierto. Trastabillé por el mareo y tardé unos segundos en recordar donde estaba. Aún estaba entre dormido y no me hubiese sorprendido que del otro lado de la puerta se encontrara algún demonio. Dolores me dice que ya es la hora, que la gente está esperando.
No recuerdo haber sentido en la vida más sueño que en ese momento. Pero tenía que salir a tocar. Me puse mis gafas redondas, la gorra de jean con visera y los auriculares. En el pasillo estaba Braian y Ton esperando. Me sentí el capitán del equipo y tuve esa necesidad de unir a todos para decir unas palabras.
-Vos bombo en negra – le recomendé a Dolores haciendo un gesto con mi mano – Si ves que se te complica – me dirigí a Ton – Bajás el volumen y listo, no pasa nada. Vos tratá de no colgar – Bauer tiene tendencia a no poder regresar de los solos de guitarra.
Del resto me encargaría yo, pensé. También se me vino a la cabeza la frase de Duhalde y su “que sea lo que Dios quiera”, y me tranquilicé un poco.
La explosión se hizo presente. La gente gritó como loca. La sirena que anuncia las catástrofes envolvió el ambiente. La gente enloqueció. Dolores comenzó a marcar el bombo en negra y sentí por primera vez el coro de la gente y su “ey, ey, ey, ey”, observo a mi amiga, con los brazos en alto golpeaba los palillos al ritmo del bombo, arengando al público, me pregunto de dónde habrá sacado esa “cancha” si era la primera vez que tocaba frente a alguien. Se me puso la piel de gallina. Esto ya no puede detenerse. Nunca se para a tiempo. Braian largó con su arpegio en Do Menor justo a tiempo para que el platillo y el bajo se unieran a la banda. Estiré mi cabeza para ver, todavía no era mi turno, la gente saltaba y se molestaban entre sí para tratar de llegar delante de todo, contra la valla de seguridad. La segunda explosión me dio el pie que necesitaba. Salí a escena y sentí los gritos. Hice los cuernitos con mi mano izquierda y la levanté. La gente deliró. Me senté detrás del teclado y toqué mi parte, y cuando sentí que algo iba mal porque no sonaba mi instrumento me di cuenta que en realidad el coro de la gente estaba tapando el retorno de mis auriculares. La melodía de la canción era coreada por la multitud, el “oh, oh, oh”, dos simples notas, estaban obsequiando alegría a la gente, y yo, lejos de sentirme bien, sentí una profunda tristeza.
Al terminar la primera vuelta de la canción la gente se contuvo un poco y pude oír algo de cómo estábamos sonando. Y lo supe. En vivo estamos lejos de ser una banda de música electrónica. En vivo hacemos rock instrumental. En vivo somos crudos y desparejos. En vivo somos cuatro elefantes pendiendo de un hilo. En vivo corremos ese riesgo plagado de adrenalina de irnos al carajo en cualquier momento. En vivo puede pasar cualquier cosa. Me gusta. Somos los Sex Pistols con un poco más de ensayo.
Dolores golpeaba con fuerza el bombo y cada tanto hacía algún rulo en sus redoblantes, no metió un platillo a tiempo en toda la noche, salvo el primero, pero quedaba bien, me diría más adelante que piensa en la gente que no quiere y se descarga con los platillos, dándole con fuerza. Braian directamente zapó durante todo el show. Ton no bajó el volumen de su instrumento, pura actitud, a veces pifiaba claro, pero jamás se detuvo. El público inventó cantos de tribuna futbolera con mi nombre, insultó a Pappo y a la policía y pidió que entreguemos a Lole, como se la conoce artísticamente a Dolores. Ella respondió tirando besitos al aire desde su asiento.
Whisky es una canción que cierra el primer disco. Fue grabada técnicamente en vivo en un bar del sur durante mi exilio. El piano estaba desafinado, había poca gente y todos estábamos ebrios. Yo comencé a tocar una melodía que se repetía hasta la eternidad, Dolores, que andaba por esos pagos junto con los demás (incluida Victoria) tratando de rescatarme de las manos del Zoloft, grabó con su celular la secuencia; luego en el estudio se limpió el sonido, se le agregaron unos efectos, y quedó una bonita coda en fade out, que es cuando la canción baja su volumen de a poco hasta desaparecer.
Con Whisky cerramos el show, claro que la versión en vivo fue tocada por toda la banda, para que se retiraran de a uno bajo una lluvia de aplausos, hasta que finalmente solo quedó el teclado y yo, con esa hipnótica melodía. Programé el loop (que es cuando se repite automáticamente la parte de una canción) y activé el fade out, me puse de pie y saludé con ambas manos a la vez que las luces del local se encendieron. La gente, un poco cansada y otro poco satisfecha, aplaudió. Me fui.
En el pasillo los chicos festejaban. A Dolores se la veía feliz, a Ton le dolían los dedos por las gordas cuerdas del bajo, Braian estaba como si nada hubiese pasado. Les pido perdón por mi reacción en la prueba de sonido. Me dicen que no pasa nada.
Nos juntamos en el camarín a beber agua sin saber que estábamos ante el nacimiento de un mito, el camarín de Los Educadores. Luego salimos a la calle cuando ya casi no quedaba nadie. La gente se había retirado casi en su totalidad y el periodismo se cansó de esperarnos. Nos tomamos algunas fotos y firmamos algunos discos. Charlamos un poco con el público. Ton consiguió que una chica se ofreciera para posar desnuda para sus cuadros, gratis. Él no podía creerlo, hasta ese entonces debía pagarle a modelos o prostitutas para conseguir eso. Braian se perdió en el horizonte de la avenida abrazado a la cintura de dos gemelas dark, y Dolores me dijo un pícaro “me voy a tomar algo con ella”, señalando a una mujer que la esperaba en su auto.
Todos ganaron. Canto mentalmente una canción de Fontanet, “hay tantas chicas cantando y para el cantante siempre, siempre dejan tan poco”, sonrío, “no dejan ni un poco”.
No necesito ninguna groupie. Ángela ya debe estar alcoholizada esperando por mí en el hotel. Lista para ser el menú del caníbal que hay en mí. Ángela sería la entrada, el plato principal, el postre y la frutilla del postre.
Ingreso al hotel. Desde la recepción me llaman. Está el sereno y dos camareras que terminaron tarde de limpiar el comedor. Pienso, dentro de mi ego, que es para felicitarme, para pedirme alguna foto, e inclusive, para ofrecerse, pero no. El señor me da la tarjeta para abrir la puerta de la habitación y me dice que “le dejaron esto”, era un papel.
Lo abro. Leo un texto de Ángela escrito de su propio puño, “me fui a la mierda”, rayos.
-Bien – digo y hago una pausa - ¿Dijo algo más la señorita?
-Sí, que es usted un pelotudo.
-Perfecto, gracias – sonrío y subo a mi cuarto.
La canilla del baño de la habitación sigue abierta. La botella de whisky en su lugar. La cama destendida. Hay olor a ella, pero ella ya no está. Me recuesto con una extraña sensación de angustia, de vacío, “del éxtasis a la agonía”, dice Cordera. La extraño. Me acostumbré a estar con ella. Una vez durante una pelea ella me dijo que por qué no me buscaba a otra y listo si tanto me molestaban sus actitudes, yo le respondí que mejor no, porque conocer a alguien nuevo es todo un tema, eso de crear nuevos vínculos lleva tiempo, esfuerzo, dedicación, hay que abrirse, contar miedos, infancias, sueños, no tenía ganas de comenzar una nueva relación con otra persona. Iba a quedarme con Ángela, estaba claro, ya era mucho el tiempo invertido en ella como para andar cambiando. Pero Ángela no está. Sé que su enojo durará unos días, que volverá a hablarme de a poco, que los primeros días no me dejará besarla ni tocarla, que responderá a mis comentarios con cortantes monosílabos, pero que todo culminaría siendo como antes. Mi consuelo es que siempre volvemos, somos “piedras rodantes” que se interponen en el camino del otro para hacerlo tropezar una y otra vez. Pero ahora estoy solo. La extraño. Siento un vacío interior inmenso. Esta debe ser la soledad de los creadores.

Sé que no voy a poder dormir.

sábado, 23 de abril de 2016

Los Cuatro Elefantes - Capítulo II

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
No hay nada peor para alguien que no  puede dormir que el hecho que lo despierten cuando está durmiendo. Tenía un sueño recurrente. Agua. Siempre sueño con agua. A veces veo venir una ola. Otras simplemente el agua comienza a subir, y sube. Si el agua avanza no se puede hacer nada. A veces en el sueño trato de huir. Otras, sabiendo que es un sueño, permanezco quieto y confiado y simplemente aguardo por despertar.
Uno de mis miedos más absurdos es pensar que quizás algún día llegue una verdadera crecida del mar o del rio, y que yo, anestesiado por el insomnio crea que se trata de un simple sueño y me quede quieto y morirme ahogado. Esto último hizo que la pasara realmente mal en un par de estas pesadillas, porque algunas son muy reales, y me despierto angustiado, sudado y con palpitaciones. Ya no puedo volver a dormir.
Las olas del mar rompían contra las rocas, yo las escalaba tratando de huir. Abajo los gritos se incrementaban. Iba con una mujer que no conocía. Ella se queda atrás, me dice desesperada que ya no tiene fuerzas, en su rostro veo el miedo, la resignación y la angustia de saber que el final es inevitable. Sé para mis adentros que yo debo tener un rostro similar. Una última ola avanza y sé que voy a morir. Rezo porque todo sea un sueño. El agua me tapa. Siento como mis pulmones son presionados. Siento que mi cabeza va a estallar. Se produce el milagro.
-¡¡Rocker!! – Dolores golpea la puerta - ¡¡Rocker!! – insiste.
Abro los ojos. Siento la garganta seca y me duele la cabeza. Mi sien late y pienso que tiene todas las intenciones de estallar. Mis labios están pegados. En un principio no entiendo nada. Todo el lugar me resulta desconocido. No sé donde estoy. El televisor está encendido sin volumen. La canilla del baño está abierta, y pienso que ese sonido ambiente tal vez haya influido en mi pesadilla. Me siento en el borde de la cama solo para sentir un enorme mareo. Escucho que alguien grita mi nombre y un “la puta madre” de fondo. Me pongo de pie y cuando estoy próximo a abrir la puerta me doy cuenta que estoy desnudo. Digo (o trato de decir) que “ya voy”, pero mi voz no sale, claramente fue una noche salvaje que trajo consecuencias físicas, aclaro mi garganta con una tos y puedo, finalmente, decirlo.
-Dale boludo, que es re tarde – Dolores comprueba que estoy con vida y parece más calmada.
Me pongo al revés un pantalón deportivo que uso para sentirme cómodo y le abro la puerta. No la invito a ingresar pero ella igual entra, existe esa confianza entre nosotros.
-Hay gente en la puerta, te quieren ver – dice y camina por la habitación – En un rato hacemos la prueba de sonido… - se detiene y hace un silencio repentino.
Veo lo que está mirando. Sobre la cama Ángela duerme profundamente. Tiene sus muslos tapados con la sábana arrugada y está abrazando la almohada.
-¿Te fijaste si respira? – ironiza Dolores al ver la escena completa con los vasos y la botella de whisky tirada en el suelo – Te espero abajo en media hora.
Me recuesto con fuerzas, me tiro “cuerpo a tierra” sobre la cama. Sé que si dejo pasar más de diez segundos volveré a dormirme. El agua de la canilla sigue generando un cálido sonido ambiente que invita a dormir.
-¿Qué quería? – consulta Ángela aun con los ojos cerrados y con un murmullo ronco, como si todo el tiempo hubiese estado consciente. Seguro escuchó la ironía de Dolores.
Presto atención ya un poco más despierto y escucho unas voces cantando al unísono que vienen de la calle. Dicen algo así como “que lo llevan adentro como lo llevo yo”. Ángela me pregunta que hora es mientras revuelve en su bolso buscando algunas aspirinas para su creciente dolor de cabeza. Ya la conozco. Siempre busca lo mismo por las mañanas, y me pregunto cuánto tiempo más soportaremos vivir así.
-¿No viste mi celular? – me pregunta a la vez que se viste con una musculosa larga que finge ser un vestido que tapa hasta la mitad de sus piernas. Por algún motivo por las mañanas sí siente vergüenza de su desnudez. No son pocas las veces que me pide que “ándate vos primero”, y así ella puede vestirse tranquila.
La veo caminar hacia el baño. Pienso que es imposible no amarla. Aunque también pienso que cuanto será de amor y cuanto de pasión. ¿La amo a ella o amo su cuerpo? Recuerdo un viejo poema que escribí, justamente, pensando en ella, en él me pregunto si “¿es el Diablo o solo una mujer hermosa?, ¿es un Ángel o la fría tentación ”, cuando comenzamos esta relación ella era lo que se dice una Lolita, título del poema.
El sonido del agua de la ducha golpeando contra el suelo es otro incentivo para continuar durmiendo, es un sonido parecido al de la lluvia, y se me viene a la mente mi infancia, cuando en mi habitación con techo de chapa las gotas golpeando allí eran el más natural y sano de los somníferos, hoy en día los somníferos son un poco más crueles y agresivos. El teléfono suena y me saca del trance y me ayuda a despertar definitivamente.
-Rocker – Dolores está ansiosa – En veinte minutos te quiero abajo.
Tengo que bañarme en tiempo record, solo así, quizás, consiga despabilarme. Debo al menos mojarme la cara. Interrumpo ilusionado el baño de Ángela corriendo el riesgo que se enfade y me eche, pero mis sospechas se confirman, ella pasó de ser una simple Lolita a ser una ninfómana profesional, decidida, dedicada y de tiempo completo.
-Mirá en lo que me convertiste – me susurra algunas veces cuando su boca está próxima a realizar alguna sublime destreza.
A veces me pregunto si ella me ama o solo ve en mí un objeto de deseo. Me consuelo (como un tonto) pensando que para ser objeto soy bastante feo, y que si está conmigo un mínimo de amor debe sentir. Me siento frágil, inseguro, temeroso, indefenso, y cometo el error de hacer la pregunta del millón en el momento menos indicado.
-¿Me amás?
Ella responde con una sonora carcajada y continúa con sus perfectos movimientos pélvicos, hace equilibrio en una pierna mientras yo la sujeto por debajo de la rodilla de la otra pierna, me abraza con ambos brazos por el cuello para no caerse, pega su frente a la mía, entre abre su boca y siento su tibio aliento en mi cara, me doy cuenta que está conteniéndose para no hacer ruido, el final no solo es inevitable, sino también placentero.
No responde a mi pregunta.
Bajamos juntos a la sala donde Dolores me esperaba, la vi impaciente. Enfurecida. Cada medio minuto mira su reloj. Está apurada. Le pone cara de culo a Ángela que no la saluda ni la mira, y si la miró fue imperceptible porque llevaba gafas oscuras. Ángela quiere desayunar, y quiere que lo hagamos juntos, “como si fuéramos novios”, diría la blonda de Belinda. Dolores dice algo así como que no hay tiempo, que no hinchemos las pelotas. Ángela, audaz como pocas, mete presión de manera sutil, me sujeta tiernamente de la mano, entrelazando los dedos, y camina lento hacia el comedor, desfilando con su trofeo a cuestas. Yo voy detrás suyo, hipnotizado, como un perrito faldero, pienso en Gustavo Cerati, “¿qué otra cosa puedo hacer?”, escucho un insulto murmurado de Dolores, percibo una leve sonrisa de Ángela. Uno a cero.

Desayunar, de todas formas, no es una mala idea. 

viernes, 22 de abril de 2016

Eterna Magia

Nunca trates de conocer a un arista
no busques los secretos de un escritor
ni te acuestes con un pintor
puede que la magia se desvanezca
como una nube de humo en la noche.

Tal vez solo encuentres sombra
donde ilusionabas luz
dolor donde pretendías amor
ego donde anhelabas consenso
cadáveres en los placares
y bajo las alfombras
tal vez encuentres trastornos
desolado insomnio
aburrida y necia soledad
insana locura
y algún vicio que justifique la creatividad.

Nunca le preguntes a un artista
de dónde vienen sus ideas
porque aunque lo sepan no te lo dirán
ni siquiera un mal mago revela sus trucos.

La magia quiere estar tranquila.

lunes, 18 de abril de 2016

Los Cuatro Elefantes - Capítulo I


Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
La televisión encendida en volumen cero delata la hora. El vaso de whisky sobre la mesa de luz está lleno, el hielo se ha derretido, una verdadera picardía. Bebo de dos sorbos la totalidad del elixir. Ya no me quema la garganta, y sé que eso es algo peligroso. Significa que ya soy inmune al whisky aunque espero que sea por el exceso de agua que generó el deshielo. El control remoto de este hotel tiene una pequeña falla en sus botones, los números están trabados y le falta el botón para subir de canal. Solo puedo hacer un zapping descendente. En el canal de la música están pasando un especial con los números uno de Michael Jackson, no puedo escuchar las canciones, pero tiene videos buenos y miro un par, ya nadie hace videos como él.
Cada tanto alguna puerta suena con brusquedad, cerrándose sin escrúpulos. La gente no tiene delicadeza para cerrar las puertas en los hoteles, el anonimato es la mejor defensa, y es lo mejor que puede ocurrirle a una persona. Anonimato, que palabra tan lejana ya para mí. Al menos todavía puedo caminar por la calle, son pocos quienes me conocen sin mi disfraz de artista, sin las gafas ni la gorra y auriculares soy simplemente uno más, solo me conocen de nombre pero no mi rostro. Pero siempre me encuentro con alguien que sí me conoce, y pega el grito y me señala con el dedo, e inmediatamente me veo rodeado de varias personas que pretenden una foto, un autógrafo, un algo que les cambie la vida para siempre; yo, claro, no puedo con esto último, apenas si puedo con las fotos y firmas.
-Regalame una frase – me pidió una chica durante la presentación de un libro.
-Si vas a jugar, que sea con fuego – improvisé, la chica se fue feliz, pero me pregunto qué tanto habré arruinado su vida con esas palabras.
Afuera ya comienza el frío. Es la época, claro. Pienso en la gente que no tiene hogar, en los perros callejeros y siento un profundo deseo de beber más whisky para evadir la realidad, debo escaparme cuanto antes, pero la botella quedó destapada en la mesa de entrada, en el pasillo de la habitación. Sonrío para mis adentros recordando una frase de Andrés Calamaro, “si es un sacrificio prefiero que no”, a veces puedo llegar a ser una verdadera larva.
Ángela duerme a mi lado. Su sueño es profundo. Yace desnuda en posición fetal. Se ve hermosa. Su piel no tiene tatuajes, solo una pequeña marca de alguna vacuna de la infancia. Tuvo una tarde agitada (como todas sus tardes) de lucha interna contra sus propios demonios, que no son pocos, para luego ceder a mis deseos y perversiones más profundas. Es una amante obediente. Me encuentro a mí mismo haciendo una mueca de ternura en la cara mientras la observo, ¿será eso el amor? Dormida es un angelito. Su rostro es de inocencia. Me pregunto por qué será que las mujeres, incluidas sus propias amigas, la odian. Luego la recuerdo despierta y entiendo.
La observo dormir. Por momentos mueve sus ojos con velocidad. Lo noto en sus párpados. Debe estar soñando. Luego deja de moverlos, se calma y respira profundo. ¿Qué clase de monstruos la estarían atormentando en la pesadilla? ¿Habrá podido escapar? Se mueve y entre abre sus ojos para observarme. Verifica que yo esté allí y continúa durmiendo, como si mi presencia la tranquilizara. Acaricio su pelo y sonríe sutilmente. Si esto no es el amor, es, al menos, algo similar, o una clonación imperfecta, una copia cruel que nos da esperanzas y nos hace creer. Una teoría de Ouspensky dice que Dios es tan solo un invento del Diablo para darle esperanza a los seres humanos, y así reírse de ellos. El amor no debe ser tan distinto.
Me preocupo por la lista de temas. Armar la lista del show es más complicado de lo que parece, un error allí y el público se pierde. Generalmente conviene comenzar bien arriba, le gente llega al show con ganas de cantar y saltar, hay mucha energía y adrenalina contenida, bronca, dolor, odio, la gente ya no va  recitales para disfrutar, los utiliza como terapia, y es recomendable hacer que esa bomba explote lo antes posible, para luego sí poder demostrar un set un poco más tranquilo, con sonidos más acústicos y alguna balada, con el público ya no tan sediento.
Se me viene a la mente, de forma súbita, el comienzo de toda esta historieta. Mi depresión, las pastillas, la soledad, el fracaso. Esto último fue un verdadero cachetazo al ego, yo tenía pensado publicar una trilogía de poemas, pero los números no cerraron, y la editorial que me auspiciaba canceló mi contrato luego del segundo libro. En Vicky’s Books, por más que se trate de una editorial independiente, no comen vidrio. Eso desató mi furia.
Hubo una fuerte discusión con Victoria, la líder del clan y el movimiento del que formo parte, tuvimos antiguos pases de facturas, trapitos al sol innecesarios. Las mujeres del clan, incluida Ángela, se pusieron de su lado, los hombres, aunque sabían que el equivocado era yo, del mío, así funcionan las corporaciones. Me exilié en el sur para vivir en una cabaña, enojado con el mundo. Conocí a una mujer recién separada que era psiquiatra, con sed de venganza, dispuesta a probar todo, con quien consumía “drogas legales”, ya saben, tener una receta al alcance de la mano es una ventaja en los momentos de desesperación, y fue, viendo los resultados, una profunda fuente de inspiración. Si el precio para una buena obra de arte es la muerte de algunas neuronas, bienvenidos sean los funerales.
El teléfono de la habitación suena. Trato de atender con velocidad para evitar que Ángela se despierte, eso es algo cercano al amor, dejar que el otro duerma en paz, pero todo lo que se hace rápido se hace mal, y mi torpeza hizo que tirara el teléfono al suelo y el ruido fuese más grande. Ella se despertó a la vez que yo atendí la llamada.
-¿Hola?
-Hola, le hablo desde la recepción, le transfiero una llamada.
-Rocker – del otro lado Dolores estaba un poco nerviosa – Mañana hay que probar sonido temprano, te vas a tener que guardar porque se llenó la ciudad, todos te quieren ver, esto es un quilombo de la San Puta, queda cancelado el Mc Donald.
-Ok.
-¿Vos todo bien?
Dolores siempre fue la encargada de ponerse todo al hombro. Desde las sombras organiza las presentaciones de los libros, las muestras de cuadros, los estrenos de películas, y ahora los recitales; y aun así siempre le queda tiempo para preguntar por el estado anímico de los demás. Es una dulce, no merezco su amistad.
-¿Quién era? – me pregunta Ángela con la voz ronca y me acaricia el pecho. Le digo que “no era nadie”, le sugiero que siga durmiendo, que es temprano, aunque en realidad no sé qué hora es, pero ella no obedece y se levanta.
Camina desnuda entre las sombras. Puedo contemplar su silueta. Se desplaza por el dormitorio desnuda con una naturalidad que asusta. Llega hasta la botella de whisky destapada. Me dice en tono de regaño algo así como que si no la tapo se evapora. Bebe del pico un sorbo, como si fuese agua. Limpia sus labios con la mano. Me pregunta si quiero. Le digo que sí y estiro el brazo sujetando el vaso. Me sirve hasta el tope y bebe lo que queda de la botella. Me pregunta si pedimos otra. Le digo que mejor no. Bebo mi whisky casi de un sorbo, esta vez sí me quema la garganta y parte de mí se tranquiliza. Siento escalofríos. Creo que tomé demasiado. Ángela se me sienta encima y murmura algo de manera cariñosa, finge ser una niña. Hace trompita y enreda un mechón de su cabello en su dedo. Me besa. Su boca sabe a alcohol. Sus muslos al costado de mi cadera son serpientes que no pretenden quedarse quietas. Trato de adivinar la hora pero ya perdí noción del tiempo, y los movimientos de Ángela me hacen perder la noción del espacio. Dice una canción de Solari, “yo no la cambio por nada cuando empieza a cabalgar”.

El cielo, a veces, es un lugar tentador.