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lunes, 13 de junio de 2016

Crímenes Perfectos - Capítulo III

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
A veces siento mareos, no tengo forma de saber si se deben a alguna falla de mi organismo, si es por el pánico, por una baja de presión, por el insomnio, o porque una tragedia está por venir. Simplemente me mareo. Miro el lugar colmado. Esta vez no hay blancos en la parte trasera, realmente no cabe un alfiler. Los cuerpos chocan entre sí luchando por mantenerse en pie, aunque no hay espacio para caerse, inevitablemente se chocaría con otro cuerpo que impediría la caída. Los hombres ya están en cuero con sus torsos bañados en sudor. Algunas mujeres hacen lo mismo solo que lucen una bikini sentadas sobre los hombros de algún amigo. Hay humo porque tenemos una de esas máquinas que tiran humo, y pienso que tal vez no sea buena idea. Los más fieles y fanáticos están hace horas aferrados a la baranda de seguridad, una primera fila incómoda, solo la muerte haría que soltaran esa baranda. Son los primeros en gritar cuando la moto acelerando que abrirá el show comienza a sonar, y son los primeros en gritar “vamos Lole”, cuando ella hace sonar los tambores que anuncian el corte que dará rienda suelta a la pegadiza melodía de Moves Hot.
Estoy mareado, me cuesta respirar y la imagen de Ángela agonizando se me repite en mi retina una y otra vez. Me siento un mártir. Tengo que hacer algo que no quiero para evitar un mal mayor. Se me vienen a la mente también las imágenes de la represión policial en las afueras. Por inercia, azar y suerte, mis dedos tocan el teclado justo a tiempo. Comienza la melodía principal y como  ocurrió en Córdoba no escucho absolutamente nada. La gente canta y salta, no le importa que Ton no tire octavas en su bajo, que Braian no use efectos en sus guitarras, que Lole meta platillos donde no van. A la gente no le importa que la mujer que amo pueda morir de un momento a otro, ni que la justicia federal nos separe. A la gente no le importa que los hayan cagado a palos afuera, ellos creen que valió la pena.
Con la adrenalina en niveles más bajos comenzamos a tocar la segunda canción, una joyita según la prensa especializada, Vampire’s Blues suena relativamente bien, es una canción larga, con varios cambios, y no nos caracterizamos por ensayar mucho. Confiamos en nuestras limitadas aptitudes artísticas, recuerdo en plena canción mi etapa de estudiante, jamás estudié, de hecho en algunas materias ni siquiera tenía carpeta. Me alcanzaba con prestar atención en clase, o repasar una noche antes de los exámenes para aprobar. Claro que no tuve un promedio de diez, pero me las ingeniaba para aprobar, utilizaba el tiempo de estudio en otras cuestiones mucho más importante para mi existencia, leer a Sábato, estudiar el renacimiento, escuchar blues, dibujar, escribir. Pienso en la primera canción que compuse, un country en La Menor, y pienso que casi veinte años después aun continúo componiendo en La Menor, de progreso simplemente las ganas, pero cuando se hace de las limitaciones una virtud, la honestidad del proyecto es más fuerte, y por ende, también la calidad. Sonrío sabiendo que los grandes clásicos de la música están compuestas en esa misma tonalidad y me consuelo, solo, como un tonto.
Cuando vuelvo en mí es demasiado tarde, le erré de nota y me perdí. Bauer salva la papas con un arreglo de guitarra interesante a la vez que Lole viaja por su batería como si supiera, caemos los tres juntos y la gente explota, hasta damos la sensación de haber ensayado nuevas versiones, distintas a la de los discos.
Hago un chiste machista que festejan hasta las mujeres del público. Me ovacionan. Escucho del fondo del escenario un insulto que viene de Dolores, digo algo así como que “la abuelita” quiere poner orden, todos me celebran las palabras, me aplauden y Lole queda en ridículo.
La banda cada tanto se pierde. La gente no se da cuenta porque en realidad no nos están escuchando. Una vez John Lennon dijo que “no vinieron a escuchar a The Beatles, vinieron a ver a The Beatles”, algo así estaba aconteciendo en ese momento. Al público prácticamente no le importaba lo que sucedía sobre el escenario, el show eran ellos mismos saltando, cantando, tirando bengalas, humo, el público tiene un ego demasiado grande, compite contra otros públicos de otras bandas, y entonces ya no importa si el grupo musical en cuestión es bueno o malo, mientras ellos demuestren que tienen aguante, y que no paran de gritar un segundo. Me pregunto durante el puente de alguna canción, previo al estribillo que hará explotar a los fans, cual es el sentido de componer melodías a tres voces, hacer arreglos de cuerdas, enloquecer frente a un piano, derretir mi cerebro para que todas las canciones queden presentables, sufrir el pánico previo a cada salida de disco creyendo que todas las canciones son feas, discutir y pelear con los demás en los ensayos, las pruebas de sonido, y todo para nada, porque al final de cuentas nada de eso importa, solo importa que la batería marque el bombo en negra y la gente se encarga del resto.
Me pierdo en mis pensamientos, odio literalmente al público que no me aprecia, me pierdo en la canción, le erro de acorde, pifio también la melodía, estoy en cualquier lado, Braian trata de salvar las papas nuevamente con un solo de guitarra, Lole hace un arreglo interminable con su redoblante para darme tiempo a reaccionar, pero estoy demasiado perdido, ni siquiera sé que tema estamos tocando. Siento bronca e impotencia. Los quiero mandar a todos a la mierda y decirles que no entienden nada. Siento presión en el pecho y el ataque de pánico es inminente. Pienso en Ángela y necesito refugiarme en sus brazos, solo ella me calma en esos momentos, siempre me dice “no dramatices”, y los patitos regresan a su lugar, vuelvo a respirar con normalidad. Pero ella no está.
Bauer se acerca a mí y me dice al oído que “esto no da para más”, la canción ya no tiene arreglo, no hay forma de volver a la armonía y melodía, estamos fuera de tiempo, Lole y Ton, inclusive, ya dejaron de tocar hace un par de compases. El micrófono está abierto y todos escuchan la frase que increíblemente pasará a la historia, el público aplaude, celebra, festeja, con el tiempo se harían banderas con esas palabras, se estamparían remeras, una locura demencial.
Dejamos de tocar. Lole me putea desde el fondo. Me doy vuelta y le digo que si Ángela estuviese acá esto no habría pasado. La culpo a ella por la ausencia de mi chica. Me señala con el palillo de la batería y no alcanzo a oír lo que me dice, pero sé que no son piropos ni cariñitos. Solo para provocarla toco en mi teclado los acordes de Represión, el emblemático tema de los Violadores. Lole explota.
-No le festejen todo chicos, pasaron cosas graves afuera, hay gente internada – dice desde su micrófono.
La gente obedece y se calla. Yo estallo. Me doy vuelta y le grito que no se meta, que es mi banda y por ende mi público.  Ella parece no inmutarse, y con un suave “paramos cinco minutos chicos, ya volvemos” se retira del escenario directo a los camarines. Yo corro tras ella con todas las intenciones de matarla, o al menos golpearla con brutalidad. La gente de seguridad me detiene a tiempo. Lole me mira desde el rincón asustada, jamás se imaginó que mi reacción podría ser esa.
Finalmente luego de varios minutos de interminables insultos y empujones me calmo, me tranquilizo. Rompo en llanto y Dolores no tiene otra alternativa que consolarme, yo sé que en el fondo me entiende, y que es solo cuestión de tiempo para que esta bronca que hay entre los dos se apacigüe. Me pregunta si puedo quedarme solo un par de minutos, le digo que sí. Ella se aleja y habla desde su celular con alguien, lo hace en voz baja. Escucho al público impacientarse. Cantan que si no salimos de nuevo se va a armar quilombo, putean a la policía, a Pappo, comienzan los silbidos y aplausos y el aire se enrarece, todo se torna más tenso. Dolores se me acerca y me pasa el celular para que hable.
-Hola amor, ¿qué pasó? – del otro lado Ángela suena más dulce que nunca, y la paz regresa a mí, y si afuera la gente se mata ya deja de ser mi problema.
Ángela me dice que está bien, que ya pasó lo peor, que no le importan las vueltas legales que su familia pueda llegar a hacer, que ella va a estar siempre conmigo, que lo que le pasó fue solo un susto, que me necesita a su lado para poder mejorarse, y varias mentiras más, sé que me está mintiendo, pero me genera ternura que mienta así para hacerme sentir bien. Uno no miente por cualquiera, miente por alguien a quien quiere, las mentiras piadosas encierran en sí un amor incondicional. Vuelvo a pensar por mí mismo, regreso a la realidad. El zumbido desaparece y todo vuelve a ser normal.
-Tenemos que salir – me susurra Dolores apoyando su mano contra mi hombro. Asiento.
Regresamos a escena bajo una lluvia de aplausos. El público coreó mi nombre hasta que los interrumpimos con los acordes de Lucy Goes, una bonita canción con un estribillo pegadizo con destino de hit radial.
De repente todo eso que tanto odiaba ahora lo disfruto. Ese es el poder de Ángela sobre mí, y tengo tiempo de alejarme mentalmente a un tema de Javier Calamaro, donde afirma que “el poder que tenés sobre mí ya me aleja de la oscuridad”, y entonces la gente saltando y cantando ya no me molesta, ya no me importa que no nos estén escuchando, somos la excusa perfecta para que esa gente pase un buen momento, somos mártires que sufren para que otros sean felices, y eso en el fondo me reconforta. Arengo al público diciéndoles que qué les pasa que están tan cansados, y por una cuestión de mero orgullo los cantos se intensifican, y nadie se atreve a permanecer quieto por temor a ser tildado de pecho frío o careta. Cuando las luces los iluminan puedo ver las sonrisas en sus rostros, algunos viajaron desde muy lejos, están sin dormir, sin comer, afuera la policía los cagó a palos, y aun así están felices. Ángela puede hacerme ver el lado positivo de las cosas. Gracias a ella puedo ver y disfrutar la belleza del caos, ella me hace sentir que “sacar belleza de este caos es virtud”.
Al tocar la canción Cowgirl todo se desmadró, esa es una canción que compuse para Ángela, para que pudiera mantener el ritmo al compás del bombo en negra en 128 BPM, sé que le gustó, y se tomó con humor el título del tema, que hace referencia a su postura favorita.
-Hago el amor a 128 BPM – se ríe cuando está de buen humor, y verla reír es hermoso, es, simplemente, “una copa de la mejor cuando se ríe”.
La mayoría de las mujeres presentes se quitaron las remeras y sostenes, dejando sus pechos al aire, cabalgando sobre los hombres de los hombros que las sostenían. ¿El problema? Algunas eran menores de edad, y además había un fiscal actuando de oficio, quien no tardaría en denunciarme por incentivar a la promiscuidad y obscenidades en público. Así de al pedo está la justicia en Argentina.
El show terminó con el himno Warsaw, coreado por todos con los encendedores en alto haciendo flamear las llamas, y Whisky puso punto final a la velada.
El regreso al hotel fue similar al de nuestro show pasado. Bauer se fue con una hermosa rubia, Ton sacaba punta a sus lápices porque había conseguido dos chicas que posarían para él, Dolores y su pasajera pareja se fueron sin despedirse despertando los ratones de todos los presentes.
En el hotel me esperaba una inmensa guardia de periodistas a los que ignoré por completo a sabiendas que no tardarían en carnearme en vivo desde sus respectivos programas. Mi habitación estaba extrañamente ordenada, fría, oscura y solitaria. Envié un par de mensajes a Ángela pero no obtuve respuesta a pesar de ver que los mensajes habían sido recibidos y leídos.
Siempre llevo conmigo cuando viajo un ejemplar de Sobre Héroes y Tumbas o El Túnel que leo aleatoriamente en la página que caiga al abrir el libro, la literatura es una buena medicina para dormir. Claro que con el grado de insomnio avanzado que poseo las páginas se suceden una tras otra y el sueño no llega. Reflexiono sobre las novelas de Sábato, en El Túnel mata a la mujer que ama, y en Sobre Héroes y Tumbas muere la mujer que amamos todos. Pienso en Ángela. ¿Qué estaría haciendo? ¿Qué pensaría? ¿Estaría soñando?
Me doy cuenta que no puedo vivir sin ella, y eso es un problema. Nuevamente Calamaro regresa a mí con su doloroso “ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro”, no hay plan B. Es ella o ninguna, básicamente porque no existe otra persona capaz de soportarme, digamos, yo podría enamorarme de miles de mujeres más, pero ninguna de esas miles concretaría un amor real hacia mí. Pero al hacer esa reflexión interna pienso que nada me garantiza que Ángela sí sienta amor por mí.
Soy mi propio verdugo. Soy el prisionero bajo la guillotina y el hombre en cuero con una capucha negra en la cabeza. Soy el pez, la boca y el anzuelo. Siempre supe, o al menos sospeché, que al final solo seriamos mi mente y yo. Mi poema Silencio Estampado pudo haber funcionado en su momento como algo visionario, “¿Soy yo en tu cuerpo o vos en mi mente?”, para el caso es lo mismo. Me encontraba solo por mis propios actos. Abandonado. Frustrado. Con culpa.
Ángela es una tentación constante, tenerla ebria o drogada solo para mí es un acto de egoísmo sin precedentes. Ella es una mujer libre y eso me altera, me desacomoda la estantería, odio su libertad. Escribo en mi libreta de poemas “cuidado nena, se te enfría en corazón con tanta libertad”, algún día eso será un poema completo.
La única forma de tenerla conmigo es haciéndole daño, y eso casi la lleva a la muerte en un par de ocasiones. Soy el autor intelectual de estos crímenes perfectos, y sin darme cuenta, también soy víctima de ellos.


lunes, 6 de junio de 2016

Crímenes Perfectos - Capítulo II

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
Los medios de comunicación formaron un circo mediático alrededor del lugar del recital. Un cerco vallado como si se tratara de algo de suma importancia. Pienso que tal vez algo realmente importante debe estar sucediendo en el país y que nos utilizan a nosotros para tapar todo eso. Las combis con sus móviles en vivo adornaron la silenciosa ciudad. Cámaras, flashes, entrevistas a los seguidores. Amarillismo.
-Se abusó de mí, me besó a la fuerza y después hizo que me echaran los de seguridad – dijo a las cámaras la groupie que había estado en el hotel el el día anterior.
La periodista le preguntó entonces por qué estaba allí feliz de la vida si sentía que yo le había hecho eso que denunciaba, y si tenía pensado actuar de manera legal.
-Porque sí loco, porque sí, se le perdona todo a él, ¡¡vamo’ Rocker!!
Y el coro de gente que se encontraba detrás de ella comenzó con el cántico de guerra y su “oohh, Educadores, es un sentimiento, no puedo parar, olé, olé, olé”. Todos saltaban, sus caras pasaban veloces por la cámara que filmaba en vivo, mientras la notera luchaba por hablar y describir la pasión del público, sujetando sus auriculares con fuerza y saltando por inercia con el resto de los fans que la apretujaban.
Los entendidos desde los estudios criticaban mi accionar, diciendo que sacaba ventajas de mi desmerecido y precario estrellato, y que algún día se unirían muchas chicas y me harían una denuncia colectiva, inclusive un abogado ya se estaba postulando desde un programa de televisión, y afirmaba tener a varias denunciantes listas para atacar. También aparecieron los especialistas en análisis literarios, describiendo mis poemas, descubriéndolos, buscando metáforas donde no las hay. Hasta aparecieron ejemplares físicos de mis libros en plena pantalla, jamás sabré como los consiguieron. Destacan el poema “Silencio Estampado” y comienzan a delinear cuales son mis influencias, y desde allí me crean un perfil psicológico.
-Claramente estamos en presencia de un ser perturbado – manifestaba un especialista del “no sé qué” desde el monitor.
Estoy en el camarín. Escucho el griterío de la gente que está en la calle. Formaron pequeños grupos. Cantan, escuchan las canciones a todo volumen. Hacen asados en la calle. Cuelgan las banderas y beben agua. La policía se pasea amenazante por la zona dispuesta a generar disturbios. La paz pende de un hilo. Una simple chispita desembocaría en una guerra civil. Ambos bandos están dispuestos a pelear, solo necesitan una excusa. Apago la tele cuando una ex novia aparece a denigrarme por un segundo de fama, me acusa de haberla maltratado psicológicamente, dice que yo era distante, y utiliza palabras como “sádico y pervertido” para describirme, además enumera un par de cosas íntimas, como que me gusta tomar leche chocolatada y cocinar bizcochuelos, pienso en qué carajo le habré visto a esa mina, después me acuerdo de la perfección de su culo y entiendo todo.
La puerta del camarín se abre, es Braian que viene a informarme sobre el estado de salud de Ángela. Anoche tuvo una pequeña recaída. No solo no me dirigió la palabra durante todo el día, sino que se encerró en el baño a beber y tomar. Debimos llamar a un cerrajero para que abriera la puerta, para encontrarla a ella tirada en la bañera con sangre en su nariz y rodeada de botellas de ron y tequila.
El resto fue similar a la última vez, una poco recomendable rutina. Internación, lavados, milagros y recomendaciones. Esta vez fue más grave. Según los médicos estuvo muerta unos segundos hasta que pudieron reanimarla. La familia va a presentar un recurso de no sé qué para internarla por la fuerza, y tratarán de impedir también de forma legal que yo me acerque a X cantidad de metros.
Dolores está que vuela. Yo no quiero tocar. Dolores quiere matarme. Yo sé que suspender el show generaría disturbios en la calle, represión policial y saqueos. ¿Cómo fue que pasé de hacer música electrónica desde mi computadora personal para contra restar el aburrimiento a esto? ¿En qué momento se me fue todo al carajo? Y peor aún, ¿cómo pude permitirlo? Culpo al insomnio, por supuesto. Cuando no tengo a quien culpar, o pretendo lavarme las manos, culpo al insomnio. Se me viene a la mente mi poema Silencio Estampado, en él me pregunto si “¿ahora sos vos el mismo de ayer?”, quizás. Me duermo cuando las puertas del lugar se abren para el ingreso de la gente. Comienzo a soñar, como siempre, pesadillas.
Estoy recostado sobre una cama blanca, con sábanas blancas, las paredes blancas, luz blanca, todo blanco, me siento en paz. Me levanto y miro el vidrio de una ventana lateral, allí veo mi reflejo, mi rostro, de pronto las sombras comienzan a ganar terreno en el ambiente, y el blanco va decreciendo, las sábanas se tornan negras, las paredes también, el reflejo del vidrio se oscurece, un zumbido abriga mi oído, se me viene a la mente Ricky Espinosa y su “blanco es el color del infierno”, la imagen del reflejo empieza a mutar, sus ojos se ennegrecen, su boca se abre y allí hay colmillos filosos, se ríe, me mira y se ríe a carcajadas, el zumbido ya es una bola de sonidos, la risa suena distorsionada, yo grito en el momento justo en que el Diablo se abalanza sobre mí.
Abro los ojos. Intento gritar pero mi voz no sale. Esta vez sí estoy realmente asustado. Esta vez la pesadilla fue un paso más allá. Esta vez hasta creo haber sentido el contacto físico con el Demonio. Braian viene a buscarme, me dice que tenemos que salir a tocar lo más puntuales posible, que afuera es un desastre, que la policía reprimió, que hay gente internada, que los noticieros están todos con los cubiertos en la mano, “ojos con dos pupilas te van a matar”, la presión en el pecho y en la nuca son concretas, pienso en Ángela, me gustaría creer que está viendo todo y que se apiada de mí, pero también sospecho que parte de su ser debe estar pensando que me lo merezco, y a quien tenga a su lado le debe estar diciendo “que se joda por pelotudo”. Braian también me dice algo así como que detrás del escenario habrá un fiscal trabajando de oficio en comunicación directa con un juez, y que a la “primera de cambio” nos va a denunciar. Propongo desde la sensatez suspender el show.
-¿Vos estás loco?
Con el control remoto enciende el televisor. Busca algún canal de noticias, para el caso es lo mismo, el evento está en cadena nacional. Los camiones hidrantes coparon las adyacencias del lugar. Gendarmería formó un cordón de protección al resto de los policías que arrojan gases. Todo es humo. Los Educandos, es decir, nuestros seguidores, están en cuero, con sus remeras formaron máscaras para contra restar los efectos de los gases, arrojan piedras, palos, bombas molotov. Tienen varios gritos de guerra, como si fuesen antiguas tribus que están defendiendo su soberanía. A veces corean mi nombre, otras entonan la melodía de European Movie y tengo el presentimiento de que si esa canción es tocada en vivo las cosas se pueden ir al carajo, aunque también sé que no tocarla tampoco es buen plan. De todas maneras la lista de temas ya está hecha y no puede ser modificada, más que nada porque no hay diálogo entre los miembros del grupo, “ya no da para frenar”, dice la linda de Analia Boccomino.
Salgo al pasillo. Dolores discute a los gritos con un hombre vestido de traje que supongo es el fiscal. Debe ser un metido en la vida de sus hijos, ¿quién lo llama a actuar de oficio? Por lo que entiendo ellos no pueden dar garantías de nada, y piensan responsabilizarnos a nosotros de todo lo que pueda llegar a ocurrir. Si todo sale bien será gracias a ellos, si todo sale mal seremos el chivo expiatorio. Simple.
Hay que salir a escena puntual para que no comience a circular el rumor de que el show fue suspendido. Afuera la guerra. Adentro no cabe un alma. Pienso otra vez en Ángela mientras me calzo el disfraz de Rocker, gafas redondas, gorra de jean con visera y auriculares, ella yacía semi desnuda sobre su propio charco de vómito, fue la última vez que la vi, se la llevaron los doctores y ya no pude verla, y quizás no pueda hacerlo por un tiempo. Dolores señala con el dedo índice al fiscal a la vez que le dice que es un hijo de puta, pasa a mi lado y ni me mira, agarra los palillos de su batería, putea al aire y nos obliga a subir a tocar.
Esta vez no hay charla técnica ni arengas.
Esta vez estamos jugados, desnudos, sin fichas, con un pucho en la boca y con los ojos vendados contra un paredón.

Preparen. Apunten. Fuego.

lunes, 9 de mayo de 2016

Una Película Europea - Capítulo I

Tengo insomnio.
Siempre tengo insomnio.
No recuerdo cuando fue la última vez que dormí bien. Me refiero, no tengo noción de haber vivido diez días de sueño normal en toda mi vida. Levantarme temprano, hacer alguna actividad, alguna recreación social, para luego acostarme después de la cena y dormir tranquilo. ¿Por qué no puedo dormir? ¿Por qué me cuesta tanto? Ya de niño recordaba por las noches los dibujos animados que veía durante el día, los reconstruía mentalmente, inclusive agregándole cosas. Me gustaba tomar en primera persona el papel del personaje y vivir la historia en mi cabeza, reformando el guión. De adolescente pensaba en mis profesoras, compañeras, famosas, etc. Más de adulto me dediqué a escribir mentalmente enormes novelas y poemas que generalmente se perdían por no tomarme el trabajo de levantarme a escribirlos. Ahora lo que me quita el sueño son las melodías. Bueno, y las pesadillas recurrentes, el agua y el Diablo invaden con frecuencia mis placenteros sueños, y es allí donde aparecen las películas independientes o europeas para acompañarme en el desvelo. Algunas son tan bonitas que asustan. Nadie retrata los trastornos de las relaciones humanas como las películas europeas. Nadie relata los pormenores de la soledad como ellos. Son, depende cómo se las mire y como nos encuentre parados en ese momento, películas peligrosas.
El insomnio nos hace hacer cosas raras, como por ejemplo leer a Bukowski desde un celular. Lo cito, “¿Por qué bebo alcohol? Porque ninguna buena historia comienza con un estaba yo comiéndome una ensalada”. Brillante. Al menos para alguien con insomnio esa reflexión es brillante. Más cuando además del insomnio uno está rodeado de botellas de alcohol vacías. Uno busca siempre la excusa que justifique sus acciones. Si Bukowski dice lo que queremos escuchar lo amaremos. A él o a quien corresponda. Somos demagogos por naturaleza.
Ángela sale del baño pálida y con ojeras. Moquea. Se la ve frágil. Me dice que no se siente bien y que tiene miedo. Se sienta en el borde de la cama, abre el cajón de su mesita de luz y saca de allí uno de esos espejos redondos con tapita, es de color rosa, y tiene un stiker con forma de corazón. Luego busca un billete de cien pesos, según ella son los mejores porque son los más nuevos. Lo enrolla formando un tubo. Levanta la tapa de su espejito y allí está el polvo mágico esperándola. Respira profundo a través del billete. Tira la nuca hacia atrás, como si estuviese por ponerse gotas en los ojos. Abre la boca y chasquea la lengua. Me dice que el sabor en su garganta es horrible, que deberían hacerla más dulce y de distintos gustos. Respira profundo otra vez tapándose primero uno de los orificios nasales y luego el otro.
-Vomité sangre boludo – dice – No puedo bajar…
Me pregunto cuánto tiempo más podremos vivir así.
Ella me dice que tiene frío. Se acuesta, se hace una bolita y me pide que la tape con una frazada. Tengo un negativo pensamiento. Se me ocurre imaginar que quizás se duerma y ya no se despierte. Imagino los medios de comunicación. Me acusarían de asesinato. Sus amigos y familiares me dirían que le arruiné la vida. Ya me han acusado de eso antes y con creces, con argumentos muy válidos.
Una noche (de insomnio claro) hace unos varios años luego de una discusión con Ángela decidimos separarnos. En realidad ella me dejó, pero si me preguntan digo que fue de mutuo acuerdo y en buenos términos. Yo, despechado, loco, y en pleno auge del fotolog subí una foto suya a mi cuenta, que por esos días era muy visitada, popular y de controversia, el último rincón de la transgresión decían los seguidores. Siempre fui una celebridad, al menos, desde lo virtual.
¿El problema de todo esto? Se trataba de una foto íntima. Ángela vestía una camiseta de su glorioso River Plate, con la 10 en la espalada del Burrito Ortega. En la parte de debajo de su cuerpo una pequeña bombacha roja era más un adorno que una vestimenta. Su posición en la cama, posando para la cámara de mi celular, el popular perrito. Ella estaba en cuatro patas para mí. No tuve mejor idea que subir a la web esa foto.
Aquí surgen al menos cuatro problemas. Violé varias leyes (y algunos mandamientos) en un solo y simple clic.
1)      Violación de la privacidad de la minita.
2)      La minita era menor.
3)      El padre de la minita era policía.
4)      La minita entró en crisis y se escapó a Entre Ríos.
De hijo de puta para arriba me dijeron de todo. Su familia me hubiese matado de haber podido hacerlo. La foto de Ángela copó primero los diarios locales para luego llegar a los medios nacionales. Ella se fue sin avisar. Se escapó. Se fue. Lejos de todo. La encontraron después de casi seis meses, cuando ya no era noticia. Había conseguido trabajo como camarera y vivía con un hombre mayor, con quien yo supongo aprendió varias de las cosas que luego llevó a cabo conmigo, cuando le pregunto sobre el tema se ofende y no responde. En el momento en el que apareció se generó otro escándalo de dimensiones épicas. Acusaron a ese hombre de trata de personas, cayó él, unos amigos, la dueña de un kiosco y varios policías supuestos cómplices. Ella dijo que estaba con él por voluntad propia, pero la justicia no le creyó, además necesitaban mostrar algo de contundencia, y si de algo sabe Argentina es de “perejiles” legales. A veces pienso que al pobre tipo se lo deben estar garchando en la cárcel, y todo porque yo subí una foto. Es extraño como se desencadenan algunos acontecimientos.
Cuando Ángela regresó me buscó, y por supuesto, me encontró con cierta facilidad, no soy un tipo difícil. Tuvimos una reconciliación por demás intensa. No le dije nada pero supe que durante su exilió había aprendido algunas cosillas nuevas. Luego abrazados tuvo una apertura emocional como pocas veces.
-No me molestó que subieras la foto – susurró – No me importa que el mundo me haya visto el culo. Me molestó que esa foto era para vos, yo confíe en vos y vos rompiste esa confianza.
Pocas veces me sentí una basura como luego de oír esa confesión.
Ahora está acostada. Luchando prácticamente por respirar. Tiene miedo, me lo dice. Tiembla. No sería descabellado pensar en un coma etílico, o peor, un fallo respiratorio, o una sobredosis. Me dice con la voz quebrada y moqueando que “esta vez me fui al carajo”, y siento sus dientes morder con fuerza.
Pienso que todo se va a solucionar por arte de magia y me recuesto a leer el diario. Es de hace unos días. Las noticias son viejas, pero fuimos noticia, mala, pero noticia al fin. En la nota dicen que a Los Educadores se les prohíbe volver a tocar en la provincia de Córdoba, y que su líder (o sea yo) debería ir a declarar ante un juez federal por incentivar el uso de drogas. Ocurre que durante el show teníamos una escenografía montada, se trataba de un tipo disfrazado de pastilla, quien salía a escena y desde una jeringa gigante arrojaba agua de color al público. Un fiscal no comprendió el chiste, actuó de oficio y me denunció. ¿Cómo puedo dormir con todo eso en mi mente?
Ángela tiembla más de la cuenta y le pregunto si está bien.
Ella se sienta. Apoya su espalda en el respaldo de la cama. Lleva sus manos a los ojos y se limpia las lágrimas. Está llorando. Hace pucherito. Su quijada no puede quedarse quieta. Se pone de pie y busca en el suelo sus ropas. Aprovecho para tocarla. Está fría. Muy fría. Ella me corre la mano de un cachetazo y me dice que no. No quiere que la toque. Camina con dificultad hacia la silla donde quedó colgada la remera que arrojó desde la cama unas horas antes. Tiene la sobriedad de darla vuelta para que la costura quede del lado interior, busca la etiqueta y se viste. Se mira al espejo y rompe en llanto.
Me incorporo de un salto, la abrazo. Tiembla. Tiembla mucho. Su pecho apoyado contra el mío delata su taquicardia. Sus labios no tienen color. La tomo por las manos para tratar de tranquilizarla. Sus dedos parecen hielos largos. Habla pero no comprendo lo que dice. Acerco mi cara a la suya para intentar comprenderla.
-Llamá a un doctor – dice – Llamá a un doctor que me muero.
No sé cómo manejar una emergencia semejante. No llamo a un doctor. Llamo a Dolores. No sé qué hora es pero no importa. Ella me atiende dormida luego de varios tonos. Le cuento lo acontecido. Como por arte de magia se despierta y me pide que haga todo lo posible para que Ángela no se duerma, que me calme que todo iba a salir bien y que ella se encarga de comunicarse con el doctor y que “ya voy para allá”, una genia. Una verdadera amiga.
Tengo que mantener a Ángela despierta, pero cómo. Solo se me ocurre ponerle los auriculares, los míos, los personales, esos que utilizo tanto para tocar en vivo como para componer en la computadora los demos y maquetas de las nuevas canciones. Son unos especiales que vienen directamente para escuchar música desde allí, tienen memoria interna. En dicha memoria solo hay una canción, el demo de mi última composición en modo “repetición” durante casi 8 GB.
Cuando Dolores, al cabo de una larga hora, llegó junto con una ambulancia, Ángela estaba recostada con los ojos abiertos como un dos de oro, mercando el ritmo lento del tema con su cabeza, y tocando la batería en el aire. El doctor no necesitó más que mirarle las pupilas con su linterna para afirmar que “esta chica tiene una sobredosis”, ingresaron también dos enfermeros que la subieron a una camilla para trasladarla de urgencia a la clínica.
Le quitaron los auriculares y se los entregaron a Dolores. El volumen estaba tan fuerte que se podía oír la canción en el ambiente.
-¿Qué es esto? – me preguntó mientras se los calzaba para escuchar mejor, y luego le devolvió los auriculares a Ángela.

-European Movie – respondí – Una canción nueva.